Es tan cierto que aquellos que abrigan resentimientos sentirán culpabilidad, como que los que perdonan hallarán la paz.
Libro de Ejercicios, página 123

La película “Mientras estés conmigo” nos cuenta la historia del trabajo de una monja con un preso condenado a muerte. Basado en la experiencia de la vida real de la monja, quien todavía está trabajando con los condenados a muerte; la película puede ser vista como un debate entre los pros y los contras de la pena de muerte.

Pero, yo vi en ella algo más. Un interesante estudio sobre nuestros juicios y temores y el poder redentor del amor y el perdón.

La historia es sobre un hombre culpable de haber violado a una mujer joven y luego asesinar a  ella y a su novio. La súplica de ayuda por parte de este personaje es finalmente derivada a una monja quien decide mantener correspondencia con él, para luego acceder a conocerlo en la prisión. Él no es una persona agradable y sin embargo la monja continúa visitándolo. Al principio, el único valor que el prisionero ve en la monja es que ella es alguien que puede ayudarlo a zafar de la pena de muerte. La monja inicialmente se une a él en ésta misión, pero al transcurrir la película vemos que la sanación del  prisionero, la monja y las familias involucradas es el verdadero propósito de la película.

Esta sanación (que no tiene nada que ver con la pena de muerte ni con la justificación de las acciones por parte de la víctima o del victimario) es acerca de la voluntad de sanar nuestra percepción para que Dios nos muestre a Su Santo Hijo más allá de todos nuestros juicios.

Esta no es una tarea fácil para el espectador. Este film te hace sentir cosas: ira, dolor, odio y también el poder del amor. Podemos sentir la ira y el odio de las familias cuyos hijos fueron asesinados sin motivo, sentimos antipatía por el prisionero que no muestra remordimiento alguno por sus acciones y sentimos también el dilema de la monja quien se extiende con el amor de Cristo al prisionero mientras se balancea con sus sentimientos de disgusto y compasión por él, mientras que al mismo tiempo desea servir y ayudar a sus padres. Todo el tiempo ella tiene sus propias dudas sobre lo que está haciendo: ¿Está bien lo que hago? ¿Estoy ayudando a este prisionero  y burlándome  de las vidas de las familias afligidas y de los adolescentes asesinados? ¿Estoy abandonando a otra gente necesitada quienes “merecen” mi ayuda mucho más que este asesino confeso?

Las preguntas que esta película formula son, esencialmente, las preguntas que enfrentamos todos los días en nuestra vida y con frecuencia emitimos rápidamente nuestro juicio y seguimos adelante. Pero en este caso, no podemos.

Se nos da la oportunidad de sentarnos allí y ver cuán rápido nuestros juicios nos roban la oportunidad de mirar más profundamente – mirar profundamente y ver cuánto nos parecemos entre todos.

Y, con esperanza, mirar más profundamente y ver la cara de Cristo en toda la gente.

A través de todo este cuestionamiento, la monja nos confía una verdad más profunda: el mismísimo mensaje simple de Jesús y su amor por todos los hijos de Dios, incluso aquellos que puedan parecer como los “menos merecedores de amor”. Y sin embargo no podemos concentrarnos en los “menos merecedores de amor” sin que aparentemente lo hagamos a expensas del resto. El amor de Dios es lo suficientemente grande para amar a todos y lo que le es dado a alguien en un momento dado no le está siendo quitando a otro, los está sanado a todos.

La monja descubre que darle su amor al prisionero no solamente inicia su proceso de sanación, sino que inicia una reacción de sanación en cadena.

Ella le explica como Jesús nos dijo “conoce la verdad y la verdad te hará libre”. Por lo tanto, cuando el prisionero desea aceptar la responsabilidad por sus acciones, será liberado de la culpa. Dios nos quiere liberar de nuestro dolor y sufrimiento, no castigarnos.

Cuando todos los pedidos de clemencia son negados, el prisionero enfrenta la muerte, y finalmente la responsabilidad por sus acciones. Esto desencadena su “liberación” de la prisión del odio en la cual el mismo se ha colocado: odio a si mismo, odio a la sociedad, odio hacia los padres de sus víctimas que quieren que muera, y odio por toda la gente.

Ahora el poder del amor puede mostrarle que él no está solo – aunque el mundo pueda aún parecer que está en su contra. El amor de Dios, a través de la monja, ha alcanzado finalmente su corazón y él lo ha aceptado. Esto de ninguna manera excusa sus acciones criminales, pero todos los hijos de Dios merecen Su amor sin importar sus actos.

Este es el poder de sanación del amor de Dios, extenderse más allá de nuestras acciones insanas y amar nuestra verdadera esencia.

Al aceptar la responsabilidad de sus acciones, él está no tan solo aceptando el perdón para sí, sino que él ahora es capaz de extender ese perdón a las familias e incluso a la sociedad que lo está castigando. Deja de verlos como personas que están tratando de quitarle la vida, sino como gente temerosa y lastimada usando un sistema que trata de saciar el dolor y la pena con más dolor y más pena.

Él es capaz de pedir perdón por sus acciones, que pueden ser vistas como su forma de extender amor. Si este amor es aceptado o no por los padres de sus víctimas depende de que ellos quieran iniciar o no el proceso de liberación de la ira y el odio. Ahora es su opción.

Lo que vemos al final de la película es que el odio y la ira (que Un Curso de Milagros nos recuerda que en realidad son miedo) y las acciones que provienen de ese odio y de esa ira, nunca nos aligeran de odio e ira.

En las escenas finales, nos encontramos en un funeral. La monja ahora consuela a la familia del prisionero y luego ve al padre de la adolescente asesinada. Se acerca y él le dice sobre todo el odio y furia que tiene adentro. “Yo no tengo su fe, Hermana” le dice. A lo que ella contesta “No es fe, es trabajo”. La última escena nos muestra a ellos dos orando en una iglesia.
Haciendo el trabajo.

Esta película nos da una oportunidad de aprender y sanar en varios niveles.
Nos ayuda a ver que los juicios rápidos e incluso aquellos provenientes de un buen asesor no son ni útiles ni sanadores.

Nuestra tarea es no juzgar, sino ver a través de los ojos de Cristo.
Vemos cuanta furia y cuán odiosa puede ser la gente cuando está dolida y que ese dolor es en realidad un pedido de amor, y no de odio. Y vemos cómo el poder del amor tiene y da fuerzas para sanar allí, donde ningún otro poder del mundo parece funcionar.

Pero, ésta no es una tarea fácil. Incluso en esta película, sabiendo que son actores, todos tenemos problemas al tratar de tener compasión por el prisionero con sus insensatos actos de violencia.
Las palabras de la monja aún suenan en mi mente, “fe es trabajo”.

La fe es un don que se nos da, pero algunas veces lleva un montón de trabajo aceptar ese don.
Ofrecer perdón y amor frente al odio, a la ira o a ultrajantes actos de violencia no es fácil. Y simplemente porque somos estudiantes de Un Curso de Milagros que adoptamos el perdón en su esencia más profunda, no significa que tenemos ya el “camino interior”.

Pero, como estudiantes del perdón, trabajamos con él desde la esperanza.
No viene enseguida: un día estás enojado, al día siguiente están perdonando.

Es un proceso, un apacible proceso de sanación. El Libro de Ejercicios nos enseña este suave proceso cuando nos dice

si te olvidaste (tu lección diaria de sanación), inténtalo otra vez.
Si hay largas interrupciones, inténtalo otra vez.
Cada vez que te acuerdes, inténtalo otra vez.

A lo largo de este delicado proceso, se nos dice que nunca estamos solos, que un Ayudante está con nosotros

“haciendo fuerte tu camino, quitando las piedras
para que no nos tropecemos
y removiendo los obstáculos que cierran el camino”.

Pero somos nosotros los que debemos comenzar este proceso y tener voluntad para “hacer el trabajo”. El curso también nos pide buscar y encontrar todas las barreras que tenemos en nuestro interior,  esas  que nosotros mismos hemos construido  en contra del amor.

Como estamos deseosos de ver esas barreras (esas cosas odiosas y dolorosas que hemos hecho o aquellas que nos han hecho) con el poder de Dios de nuestro lado haciendo desaparecer la oscuridad, renacemos a una nueva fe, a una nueva vida.

Podemos conocer la verdad  y la verdad nos hace libres!
El Espíritu Santo puede trabajar en nuestras mentes y así lo hará para reinterpretar este absurdo mundo del ego, lleno de odio y temor, y nos guiará gentilmente hacia una nueva conciencia honrada por el perdón, comprensión y amor.

Pero, se necesita trabajo, no negación, juicios o sentimientos de fracaso; solamente se necesita “trabajo de rodillas” y “cuidado hacia Dios y su Reino” de paz.

Al acercarse las  Pascuas, quizás nos sintamos dedicados nuevamente a hacer “el trabajo”. Cualquiera sea el área de tu vida que no está en paz, quienquiera que sea aquel para el cual aún guardas algún resentimiento o quien sea que te esté causando dolor, probablemente puedas comenzar el proceso de una vida nueva y perdonada. Unámonos en una plegaria.

“Ayúdame Espíritu Santo.
Toma mi voluntad y transforma este dolor en paz. Estoy deseoso de hacer mi parte.
No voy a juzgar el plan de Dios, sino meramente seguir lo que Tú me digas que haga.
Quiero ser sanado.
Estoy deseoso de hacer el trabajo”.




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