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“El hábito de colaborar con Dios y Sus creaciones se adquiere fácilmente si te niegas diligentemente a dejar que tu mente divague. No se trata de un problema de falta de concentración, sino de la creencia de que nadie, incluido tú, es digno de un esfuerzo continuo”.
La verdad es que Dios siempre está cuando Lo necesitamos; creemos que a Dios no le importamos porque a nosotros no nos importa lo que nos pasa.
Así es como tantas veces en la vida sentimos que no nos merecemos todo el esfuerzo. Todos los demás sí se lo merecen, pero nosotros no. Tienen prioridad los hijos, el trabajo, los amigos, los parientes, esta tarea o aquel problema. Tanto nos consume toda esa actividad que nos olvidamos de ayudarnos a nosotros mismos. Y después, para complicar aún más el panorama, alguna catástrofe nos ataca: un golpe financiero, un problema en el trabajo, un inconveniente en las relaciones y pasamos a sentirnos perdidos y so-los. “¡Dónde está Dios cuando lo necesito!” nos lamentamos. “¡Por supuesto, a mí no me ayudaría! ¡Quién soy yo para merecerlo!”
La verdad es que Dios siempre está cuando Lo necesitamos; creemos que a Dios no le importamos porque a nosotros no nos importa lo que nos pasa. En la lección 93 del Curso de Milagros leemos: “Crees ser la morada del mal, de las tinieblas y del pecado". Piensas que si alguien pudiese ver la verdad acerca de ti sentiría tal repulsión que se alejaría de ti como si de una serpiente venenosa se tratase.” Esas son palabras bastante duras y a la mayoría le cuesta aceptar esta imagen, pero el Curso suavemente insiste en que cualquier desvalorización nuestra está basada en este tipo de creencia. Es difícil darnos cuenta de la aversión que sentimos por nosotros mismos porque estas imágenes no son verdaderas y eso es lo que el Curso nos ayuda a comprender cuando continúa diciendo, “Estas creencias (de desvalorización total) están tan firmemente arraigadas en ti que resulta difícil hacerte entender que no tienen fundamento alguno. ...Él no comparte contigo estas extrañas creencias. Esto es suficiente para probarte que son erróneas, pero tú no te das cuenta de ello.”
Desde tu actual percepción, realmente “has cometido errores; buscado la salvación por extraños caminos; te has dejado engañar; has engaña-do; has tenido miedo de fantasías pueriles, sueños crueles y te has postrado ante ídolos.” (para-fraseado). Parece que así vivimos la vida y, sin embargo, el Curso ofrece otra manera de ver la vida y el mundo - no desde la propia perspectiva sino desde la perspectiva de Dios. Desde Su perspectiva “tales pensamientos vanos carecen de sentido. Esos pensamientos no concuerdan con la Voluntad de Dios.” De este modo, el Curso nos dice que sencillamente no son verdad.
Este tipo de afirmación suscita todo tipo de sentimiento interior. Me pregunto “Si yo siento que no valgo nada y todos estos sentimientos de ser indigno y que mi comunicación con otros es errónea, no tiene sentido y sencillamente no es verdad, entonces ¿quién o qué soy yo? ". El Curso nos contesta amorosamente, “¿Por qué no habrías de dar saltos de alegría cuando se te asegura que todo el mal que crees haber hecho nunca ocurrió; que todos tus pecados no son nada; que sigues siendo tan puro y santo como fuiste crea-do, y que la luz, la dicha y la paz moran en ti? La imagen que tienes de ti mismo no puede resistir la Voluntad de Dios. Tú piensas que eso es la muerte, sin embargo, es la vida. Tú piensas que se te está destruyendo, sin embargo, se te está salvando.”
Cuando estamos dispuestos a sacarnos las más-caras que nos hemos puesto descubrimos quiénes y qué somos realmente. El ego nos diría que somos nuestras propias máscaras: las imágenes del pasado, lo que las percepciones de otras personas han hecho de nosotros, y los temores de lo que podríamos llegar a ser en el futuro. Nos puede asustar un poco poner a un lado la máscara que hemos usando durante tantos años, pero Dios nos asegura que la imagen que descubriremos detrás de la máscara será tal que verdaderamente valoraremos y sentiremos que nuestra salvación está en dejarla de lado. Debemos recordar que nos merecemos el esfuerzo de tomar “el primer paso” que es cuestionar nuestra imagen tal como la imaginamos. Una vez que hayamos dejado una ‘abertura’, por más pequeña o breve que sea nuestra voluntad, Dios puede entrar y comenzar el proceso de mostrarnos ¡que la luz y la alegría y la paz verdaderamente moran dentro de nosotros!
Quizás has estado preguntándole a Dios dónde estuvo cuando el mundo en derredor tuyo se desmoronaba
Jeanette Thomas, lectora de El Encuentro Santo me envió por fax una carta contándome acerca de un cartel que su hija de siete años había hecho. Jeanette había colgado un cartel en su lugar de trabajo con una cita de Un Curso de Milagros que comienza diciendo “Estoy acá para ayudar verdaderamente.” Su hija Samanta había tratado de hacer su propia lámina como la de mamá, pero decía “Estoy acá para ser ayudada verdaderamente.” Eso es exactamente lo que necesitamos: “que verdaderamente nos ayuden”. Y, eso es lo que Dios quiere. No hay momento en que estemos solos o separados de Dios, pero a nosotros nos puede parecer que sí lo estamos. Sin embargo, en el momento que estemos listos para que nuestra mente acepte Su Ayuda y Memoria nuevamente, allí estará.
Hay una escena hermosa en la película clásica de Disney Cenicienta, en la cual ella está llorando porque ha perdido toda esperanza. Sus hermanastras le han hecho trizas su vestido, así que no podrá ir al baile real. Mientras solloza “No puedo creer, no puedo creer en nada, no puedo creer”, su Hada Madrina aparece y trata de consolarla. Sintiéndose aún sola y triste Cenicienta insiste “No puedo creer más. No puedo creer en ti. No tengo más fe.” A lo cual el Hada Madrina responde “¡Si hubieses perdido toda tu fe yo no podría estar acá, y sin embargo aquí estoy!”
No podemos perder toda nuestra fe porque no lo podemos perder a Dios. No importa cuán tristes, cuán solos o cuán mal entendidos nos sintamos, no estamos separados de Dios y de Su ayuda. Como nos dice el Curso, las ideas no se separan de su fuente y somos una Idea en la Mente de Dios, de modo que no podemos perder nuestra capacidad de tomar consciencia de Dios. Como le ocurriera a Cenicienta, podremos sentirnos solos y sin fe, pero siempre habrá una parte de nosotros que permanece con Dios y frente a nuestra más leve invitación el Espíritu Santo, la consciencia de Dios en nuestras mentes, volverá a nosotros. Como nos dice el Curso, “Ten paciencia mientras tanto, y recuerda que el desenlace es tan seguro como Dios“(T63)
Cuando sentimos que no merecemos el esfuerzo, es difícil creer que alguien quiera estar con nosotros. En la lección 156 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros, dice que preguntemos “¿Quién camina a mi lado?” Y continúa “Debes hacerte esta pregunta mil veces al día hasta que la certeza haya aplacado toda duda y establecido la paz. Deja que hoy cesen las dudas. Dios habla por ti al contestar tu pregunta con estas palabras: “Camino con Dios en perfecta santidad". A veces parece difícil creer que Dios camina con nosotros todos los días, pero lo hace. Nunca se cansa ni se aburre de lo que parece algo monótono. Él es feliz estando con nosotros ayudándonos a reconocer la santidad que está en derredor nuestro y la santidad que somos.
La gran sabiduría y ayuda en Un Curso de Milagros surge de que se trata especialmente de nuestras relaciones. Nos dice que nos acercamos más a Dios mediante nuestras relaciones. Si queremos sentir la presencia de Dios guiando nuestras vidas debemos aceptarlo a Él en nuestras relaciones, aquellas que disfrutamos y que nos gustan además de aquellas que son un desafío. Por supuesto que no podemos dar algo que no poseemos ya, así que para aceptar a Dios en otra persona debemos haber aceptado, en algún nivel, ya sea concientemente o no, Su presencia en nosotros mismos. Es por esto que el Curso dedica la mayor parte de su Libro de Ejercicios pidiéndonos que afirmemos la verdad nuestra: que somos Sus hijos inocentes, que nuestra función es alegría, felicidad, paz y perdón, que somos espíritu, sagrado y adorado, y que nunca estamos sin la ayuda, la presencia, el sostén, guía, (etc.) de Dios. Aún cuando no sintamos estas verdades, nuestras relaciones nos ofrecen la conexión que necesitamos para “sentirlos” de nuevo.
Quizás te encuentres separado de la presencia amorosa de Dios. Quizás has estado preguntándole a Dios dónde estuvo cuando el mundo en derredor tuyo se desmoronaba. Quizás te sientas mal comprendido, solo y temeroso. Un Curso de Milagros no nos pide que neguemos nuestros sentimientos, pero sí nos pide que nos acerquemos a la verdad y no a la ilusión. La verdad es que nada que no es de Dios tiene poder alguno sobre nosotros. Creámoslo o no, cuando nos sentimos desconectados, enojados, perdidos o solos, sencillamente no estamos pensando con Dios, no estamos recordando que Dios camina con nosotros.
Uno de los pensamientos más reconfortantes y cariñosos del Curso lo he encontrado en el texto donde Jesús nos dice directamente, “Si quieres ser como yo, te ayudaré, pues sé que somos iguales. "Si quieres ser diferente, aguardaré hasta que cambies de parecer“.(T161) Con tanta suavidad Jesús nos indica lo que merecemos y que su paciencia para con nosotros es infinita. Él sabe que es inevitable que lleguemos a pensar con Él, pero el tiempo que tardemos depende de nosotros. Y Él está esperando amorosamente.
Para terminar, un breve cuento sobre lo que valemos. No lo encontrarás en el Curso pero sirve para ilustrar la idea. La historia es sobre ombligos. ¿En algún momento te has preguntado cómo se originó el tuyo? Bueno, según cuenta la historia, cuando todos los bebés se crearon en el Cielo, se los colocó sobre una cinta transportadora para pasar delante de Dios. A medida que van pasando, Dios pone su dedo en la “pancita” y dice “Tú eres perfecto. Tú eres perfecto. Tú eres perfecto...”. Así que, si alguna vez te preguntas acerca de lo que vales, ¡tócate el ombligo! ¡Dios sabe que vales el esfuerzo, ahora queda en ti que lo creas!