![]()
"Tengo un milagro" comenzaba la historia de una señora en nuestro grupo de estudios una noche. “Estaba en la biblioteca y una mujer quería usar una de las computadoras para copiar material” y continuó contando que a raíz de que la política de la biblioteca no permite el uso de disquetes ajenos para evitar la posibilidad de transmitir virus a la computadora, debes comprar uno nuevo ahí mismo. El disquete costaba $1.07. No era un costo exorbitante, pero la mujer no los tenía encima en ese momento. “Pero yo sí” contó la señora del grupo. “De modo que con gusto ofrecí pagarle el disquete. Estaba tan agradecida que quería enviarme el dinero, pero le dije que en vez de devolverme el dinero que ella ayudara a otra persona cuando se le presentara la oportunidad. Estuvo de acuerdo y ahí terminó el asunto”.
"Bueno,” continuó nuestra bien intencionada señora, “unos cuántos días más tarde estaba en la caja del supermercado, y cuando me dieron el total de mi cuenta me faltaban exactamente $1.07! Qué hacer? Sin titubear la señora detrás mío en la cola dijo “Toma, yo tengo $1.07”. Le agradecí y le pregunté cómo podría devolverle la atención. Me contestó “Sólo ayuda a otro cuando se te dé la oportunidad”.
Y así continúa la ronda de la vida. A este tipo de dar yo lo llamo la ronda de la vida porque estoy convencida de que si no estás dando, no estás viviendo. Un Curso en Milagros nos dice que cuando Dios nos crea Él se extiende a Sí Mismo. Por lo tanto, somos una extensión de todo lo que Dios es, y no falta nada. Todo el amor, alegría, paz, y aspectos sin fin de lo que Dios es, nosotros también somos. Pero la única manera que lo sabemos es por nuestra extensión, nuestro dar. Y no estamos hablando de dar cosas, sino el dar lo que es verdad: amor, alegría, paz, etc. En el cuento, el milagro no era el $1.07, sino la actitud de cada uno al ofrecer libremente su amor, ayuda y servicio a otro. Cuando nos desconectamos de nuestra habilidad de extender amor como Dios nos creó para hacer, comenzamos a estancarnos y eventualmente morimos. La muerte no es el fin del cuerpo, la muerte es la desconexión de lo que Dios nos creó para ser — co-creadores, constantemente extendiendo nuestro amor.
El Curso nos dice una y otra vez que “dar es lo mismo que recibir”, “Tal como des, así recibirás”, “Por lo tanto, comparte tu abundancia libremente y enséñales a tus hermanos a conocer la suya”, “Dar y recibir son en verdad lo mismo. Recibiré lo que estoy dando ahora”. Y éstos son sólo unos pocos de los miles de ejemplos con que el Curso destaca esta verdad fundamental. Pero esta verdad se contrapone a todo lo que este mundo nos dice que es la verdad.
Nos dicen que perdemos lo que damos. Que sólo hay una cantidad finita de esto o de aquello para repartir. La escasez es la ley de este mundo y la pérdida y la pobreza son sus secuaces. En vista de que hemos depositado nuestra fe en este mundo, puede parecer difícil retirarle nuestro apoyo. Bueno, el Espíritu Santo lo entiende y es por eso que Él está aquí para ayudarnos. Él es nuestro maestro amoroso y sabio que está ahí. si nosotros tenemos esa voluntad, para mostrarnos la diferencia entre la verdad y la ilusión y ofrecernos ayuda en nuestra hora de necesidad.
“Él (Espíritu Santo) separa lo verdadero de lo falso en tu mente, y te enseña a juzgar cada pensamiento que dejas que se adentre en ella a la luz de lo que Dios puso allí. El Espíritu Santo, con vistas a reforzar el Reino en ti, conserva lo que está de acuerdo con esa luz, y acepta y purifica lo que está parcialmente de acuerdo con el Reino. Mas lo que está en completo desacuerdo lo rechaza juzgando contra ello”.
Podemos sentir un gran consuelo al saber que El Espíritu Santo está ahí para hacer la mayor parte del trabajo duro, pero se nos pide hacer una cosa primero y esto es aceptar Su primera lección: “Para poder tener, da todo a todos.” (T.pág.116) Se nos dice que este paso preliminar es el único que tenemos que tomar y que aún ése no tenemos que tomarlo completamente solos, pues el Espíritu Santo está ahí para ayudar a reforzar nuestra elección iluminando nuestra mente con la conciencia de lo que ofrece esta decisión.
Si esperamos de verdad sentir la plenitud de nuestro ser, de sentirnos abundantes y valiosos, entonces debemos hacer servicio y dar. Marianne Williamson dijo una vez que el servicio no significa autosacrificio. Significa darle a las necesidades de otra persona la misma prioridad que le das a las tuyas. El Curso nos diría que las necesidades de otro son también nuestras necesidades. No podemos saber qué es lo que tenemos o quiénes somos sin estar al servicio unos de otros, pues esa es la única forma en que podemos conocernos. “Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que tienes de ti mismo ….” (T.pág.141)
En la vida no hay mayor recompensa que ayudarse unos a otros. Hemos oído las grandes historias humanitarias de aquellos cuyas vidas eran de servicio y de buenas acciones. Pero también es importante recordar que no necesariamente comenzaron de esta forma. Al principio el impulso a veces surge de razones mundanas y del ego para luego dar lugar a la alegría y recompensa verdadera que significa hacer un servicio para otros. Ninguno de nosotros somos diferente de los humanitarios de la historia, podemos lograr las mismas recompensas. El secreto de su éxito y del nuestro es dar. Como dijo Albert Schweitzer “No sé cuál será su destino, pero lo que sí sé es que los únicos entre ustedes que serán realmente felices son aquellos que han buscado y descubierto cómo servir.
Tal vez se pregunten “Cómo puedo servir?” Nunca faltan oportunidades para ayudar. Hay organizaciones maravillosas por todos lados, pero recuerden que el servicio y el dar no comienzan “allá afuera”, comienza dentro tuyo. Comienza todos los días cuando despiertas y dices “Este día se lo dedico a Dios. Es el regalo que le hago” (L242). “Me haré a un lado y dejaré que Él me muestre el camino” (L155). “¿Qué quieres que haga? ¿Adónde quieres que vaya? ¿Qué quieres que diga y a quién? (L71). O una cantidad de otros pensamientos para entregar nuestras vidas “… a Dios para que Él la guíe” (L233).
“No abandones a tu hermano ahora, pues vosotros que sois lo mismo no decidiréis por separado ni en forma diferente. Os dais el uno al otro o bien vida o bien muerte; sois cada uno el salvador del otro o su juez, y os ofrecéis refugio o condenación. Este curso o bien se creerá enteramente o bien no se creerá en absoluto. Pues es completamente cierto o completamente falso, y no puede ser creído sólo parcialmente. Y tú te escaparás enteramente del sufrimiento o no te escaparás en absoluto” (T.pág.528/9).
Si se ha de cumplir con este Curso, si hemos de recordar nuestra unicidad y el hecho de que lo que damos a otro es lo que recibimos nosotros, deberemos ponerlo en práctica. Extender la verdad de nosotros mismos, nuestro amor, alegría y servicio es una buena manera de comenzar. ¿Cómo sabemos qué hacer? Bien, toda persona con la que te cruces te presenta con la oportunidad de un encuentro santo. Te proveen con una oportunidad de encontrarte o perderte, de cumplir con este Curso o no. No te castigues si sientes que has fallado en tus elecciones hasta ahora. Recuerda que no estamos solos y que ni bien le permitamos al Espíritu Santo tomar Su lugar en nuestras mentes, Él purificará nuestros pensamientos y nos recordará el valor de nuestro hermano y el nuestro. Y a medida que recordemos esto, con gusto querremos ayudarles pues sabremos que su éxito es el nuestro.
“Nuestra función es colaborar juntos porque separados el uno del otro no podemos funcionar en absoluto. El poder del Hijo de Dios reside en todos nosotros, pero no en ninguno de nosotros por separado. (T.pág.166)
Hay una gran alegría al dar — te hace sentir vivo. Yo creo que es porque dar y extender es nuestra vida — nos reafirma que somos el hijo de Dios creado como Él y extendiéndose como Él.
Jesús dice en el Curso, “Nunca olvides que sólo te das a ti mismo” (Lección 187).