Este es el tercer cuadernillo de una serie, cada uno de las cuales trata un  tema  particular de la moderna  enseñanza  espiritual  Un Curso de Milagros®.
Robert Perry generosamente ha permitido que Milagros en Red traduzca  y publique este trabajo de su autoría.
Para adquirir tu ejemplar en papel o bien en formato electrónico (e-libro), haz clic aquí 


Después de todas esas capas de decepción, hostilidad y sufrimiento, aquí en el nivel de la mente correcta ocurre lo aparentemente imposible.  La mente que estaba contraída en una dura pelota de agonía, ahora se encuentra abriéndose a un "creciente mundo de luz" (T-25.IV.3:6).  Aquí entramos a un nivel de la mente que es tan hermoso, tan sublime, tan elevado y tan puro, que el mundo raramente lo ha visto en su plenitud.  Sólo raros individuos como Jesús, han sido capaces de demostrar perfectamente la mente correcta.  Sin embargo "esta mente... que estaba en Cristo Jesús" (Filipenses 2:5) existe auténticamente en cada uno de nosotros en este momento.

Sin embargo, ¿cómo puede una mente tal existir en nosotros, dada la presencia del ego?
¿Cómo podemos contener tanta luz cuando hay tanta oscuridad dentro de nosotros?  
La respuesta está en la verdadera naturaleza del Ser y la verdadera relación del ego con él.

En el nivel del pedido de amor, la mente amorosa que somos miró honestamente al ego, y observó y experimentó el hecho de que el ego es un ataque al Ser.  El ego y el Hijo de Dios se encontraron y el Hijo de Dios perdió.  El ego lo crucificó.        

Esto, sin embargo, no fue un encuentro totalmente honesto.  Al pedido de amor le faltó honestidad en un punto crucial: el Hijo de Dios no puede ser atacado.  Esto es lo que no vio el pedido de amor.  Es verdad, el ego es un ataque al Cristo; pero ya que "nada real puede ser amenazado" (T. Introd.), es un "ataque contra lo que es completamente inexpugnable" (L-pI.190.2:4).  No puedes matarte.

Ningún rito que hayas inventado en el que la danza de la muerte te deleita puede causar la muerte de lo eterno, ni aquello que has elegido para sustituir a la Plenitud de Dios puede ejercer influencia alguna sobre ella.
T-16.V.12:10

Aquí, en la mente correcta, descubrimos la verdad que hasta hubiera parecido descabelladamente imposible, demasiado bueno para ser verdad.  Descubrimos que el ego es una ilusión.   ¡Qué alivio! ¡Qué liberación!  Ya que el ego era un ataque a la realidad inmutable, ¿qué podría ser sino irreal?  Todo el tiempo que creímos que nosotros éramos el ego, seguíamos siendo el Hijo de Dios, eternamente inmutable y puro.  Y todas las cosas que pensamos que hicimos siendo ego, todos los asaltos inclementes a nuestros hermanos, el mundo, el Cielo y Dios, eran sólo una pesadilla en que caímos.  Nada de eso sucedió en realidad.

Esta es la base para la mente correcta.  Este es el verdadero encuentro del ego y el Hijo de Dios.  En este encuentro, se da vuelta la tortilla y el Hijo de Dios emerge victorioso.  Pero el ego no es crucificado.  La risa lo desvanece.  Se lo observa desapasionadamente y calmadamente interpretado como irreal.  Es como si el ego desafiara al Hijo de Dios a un duelo, sin embargo el Hijo meramente responde, "¿Cómo puedo enfrentarte? No eres real.  Sólo eres un producto de mi imaginación." Y cuando esto se dice, el Hijo de Dios nace de nuevo y surge de las cenizas de la crucifixión.

La resurrección es el triunfo definitivo de Cristo sobre el ego, no atacándolo sino trascendiéndolo.  Pues Cristo ciertamente se eleva por encima del ego y de todas sus "obras" y asciende hasta el Padre y Su Reino.
T-11.VI.1:6-7

La mente correcta todavía ve al ego, sus pensamientos, sus máscaras y sus proyecciones, pero aparecen transparentes, insignificantes, apenas capaces de atenuar la luz del Ser que brilla detrás de ellos.  Es esta luz en que la mente correcta se deleita; este es su sustento, su vida misma. 
La luz no brilla directamente sobre la mente correcta; sólo recibe la luz reflejada  Pero aún este reflejo es estupendo.  En su luz el ego y toda la destrucción que parece haber causado, se revelan como lo que son en verdad: ilusiones, pequeñas volutas de vapor flotando ante el sol, pasando fantasías frente a la serena cara de eternidad. 
Todo lo que antes parecía tan real, tan sólido, tan horrible y maligno, tan perdidamente permanente, ahora se ve como nada, sólo una pesadilla que ya está desvaneciéndose de la memoria.

Pues los pensamientos "malvados" que ahora te atormentan te parecerán cada vez más remotos y alejados de ti.  Y esto es así porque el sol que mora en ti ha despuntado para desvanecerlos con su luz...  Y en la luz del sol te alzarás sereno, lleno de inocencia y sin temor alguno.
T-25.IV.4:4-5,7

No importa en qué forma se manifestaban, cuán enormes parecían ser, ni quién pareció sufrir sus consecuencias.  Ya no están ahí. Y todos los efectos que parecían tener desaparecieron junto con ellos, al haber sido erradicados para ya nunca más volver (LE pI.158.9:4-6).  

Es el Espíritu Santo quien hace que la mente correcta sea posible.  Él es Aquel Que responde a nuestro pedido de amor y desvanece al ego.  
Sin Su Presencia, dice el Curso, estaríamos por siempre atrapados en el ego y su crucifixión.  El Espíritu Santo es una extensión, un dedo de Dios que se extiende dentro de la mente soñadora y la cura.  

El Espíritu Santo está perfectamente consciente del Cielo, de la realidad, sin embargo también está completamente consciente de todo dentro de la mente soñadora, todos sus pensamientos violentos, caóticos, grandilocuentes de separación y triunfo, y toda su terrible auto-recriminación y miedo escalofriante. Sin embargo, es importante notar que, de alguna manera, Él sólo ve el nivel del pedido de amor, pues todos los demás niveles quedan reducidos a eso; sólo son formas, variaciones de ese nivel.  De modo que, aunque tú puedas mirar adentro y ver a un pecador malvado, Él te mira y sólo ve al inocente hijo de Dios dolorido y necesitado de sanación.

Lo que Él hace en la mente es esto: Él mira todo el contenido de la mente y meramente compara todo lo que ve con la realidad.  Y lo que es diferente a la realidad Él lo juzga irreal.

El Espíritu Santo contempla impasible lo que tú ves: el pecado, el dolor y la muerte, así como la aflicción, la separación y la pérdida.  Mas Él sabe que hay algo que no puede sino seguir siendo verdad: que Dios sigue siendo Amor, y que eso que ves no es Su Voluntad
L-I.99.5:4-5

Luego Él reemplaza los pensamientos incorrectos con pensamientos que reflejan la realidad.  Esto es el milagro, el reemplazo de la ilusión por el reflejo de la verdad.

Él eliminará todo vestigio de fe que hayas depositado en el dolor, los desastres, el sufrimiento y la pérdida.  Él te concede una visión que puede ver más allá de estas sombrías apariencias y contemplar la dulce faz de Cristo en todas ellas
L-pI.151.10:1-2

 

volver