Capítulo Dos: Las Relaciones (fragmentos)
Ver es fortalecer
Una de las ideas fundamentales del Curso acerca de las relaciones es ésta: aquello que elegimos ver en otras personas, es fortalecido en nosotros. Aquello que buscamos en los demás, lo encontraremos dentro de nosotros.
Esta manera de pensar es muy diferente a la del mundo. En cierta forma, es lo opuesto.
Para ilustrar la idea, imaginemos un maestro de escuela. Él siente que la mejor manera de enseñar a sus alumnos es mostrándoles sus errores para que luego los puedan corregir. Así le enseñaron a él; y este parece ser el procedimiento normal.
El problema con este abordaje, no obstante, es que cuánto más señala los errores de sus alumnos, tanto más ve esos errores. El maestro comienza a encontrar cada vez más y más errores, incluso en sus “buenos” alumnos. También encuentra errores en la gente que lo rodea. Antes de darse cuenta, el maestro está rodeado de errores.
¡Menos mal que puede revertir el proceso! El maestro comienza a centrar su atención en la bondad y en la inteligencia de sus alumnos. Desde luego que él todavía ayudará a sus alumnos con los problemas específicos, pero el énfasis estará en estimular la bondad innata en lugar de reprender las equivocaciones.
De manera paulatina, la bondad se volverá más y más evidente para el maestro. Podrá distinguirla tanto en sus estudiantes como en otras personas. También comenzará a encontrar bondad en sí mismo. Esto es, en mi opinión, exactamente lo que el Curso nos recomienda hacer.
Entonces, ¿cómo intercambiamos una perspectiva por otra? Como siempre, la respuesta es un milagro. El Curso no plantea un cambio por nuestra cuenta. Tampoco pide esfuerzos personales “para forzar” un sentimiento de bondad o paciencia. Sólo nos invita a detenernos, reconocer nuestra posición y pedirle a Dios una sanación interna, pedirle un milagro.
Permítanme ilustrar este proceso utilizando el mismo ejemplo del maestro. Tal vez un día, en su afán de “corregir” errores, este maestro se extralimite y, enfadado, reprenda a uno de sus alumnos.
Más tarde ese día, discute con el “irracional” administrador de la escuela. En su casa, descubre que sus propios hijos están demostrando la misma mala conducta que sus alumnos. Se siente rodeado por dementes. Está abrumado.
Esa noche, con mentalidad abierta, el maestro comienza a considerar la idea que debe haber otra manera de percibir las cosas. Dice “Dios, veo demencia por todas partes, incluso en mis propios hijos. Pero tengo la voluntad de recibir un milagro. Por favor ayúdame”.
El maestro entonces se aquieta durante unos momentos, ofreciéndole a Dios sus pensamientos para intercambiarlos por un milagro. Su mente se abre, y él comienza a sentirse más sereno, mucho más sereno de lo que había estado todo el día.
Después de unos momentos recuerda un gesto de amabilidad que un alumno tuvo para con otro ese día. “Me había olvidado de eso”, se dice a sí mismo. “Tengo la tendencia de pasar por alto esos pequeños actos de amabilidad”.
Otro recuerdo aflora, el de un estudiante que debió abandonar la escuela para atender problemas familiares en su casa. “Estos chicos están bajo mucha presión; mucha más que yo a su edad”, reflexiona.
El corazón del maestro comienza a abrirse, pleno en compasión por sus estudiantes. Finalmente, y para su propia sorpresa, expresa “Estos chicos merecen más apoyo del que yo les he dado”. Este pensamiento parece llegar a su mente como una cálida e inesperada brisa.
Después de unos momentos, el maestro abre sus ojos y así se da cuenta que toda su percepción acerca de sus alumnos ha sido transformada.
Piensa en un estudiante, luego en otro y en otro, y en cada uno percibe cualidades amables y comprensivas que nunca antes había reconocido. También se ve a sí mismo bajo una nueva luz. Aunque su día había comenzado con la idea de que era un “fracaso” como educador, ahora comprende su gran potencial para aconsejar y apoyar a sus estudiantes. Por esta nueva perspectiva, no puede sino sentirse agradecido.
En ese ejemplo, el momento crucial fue la voluntad del maestro para intercambiar sus percepciones por las de Dios. No aquietó su mente para decir “Voy a esforzarme por tener una nueva actitud con mis alumnos”. Simplemente se volvió a Dios con la mente abierta y así recibió los benévolos pensamientos de Dios.
Una mente abierta, señala el Curso, es todo lo que Dios necesita. Somos invitados a intercambiar nuestros pensamientos por milagros. Dios nos colmará con Sus pensamientos amorosos, y esta sanación interna también transformará todas nuestras relaciones externas.
Es notable el poco tiempo que la sanación interna requiere. Para el maestro, el intercambio de sus antiguas percepciones por otras nuevas no requirió más que unos minutos. Este intercambio simplemente esperaba la voluntad, la invitación del maestro.
Los milagros no necesitan mucho tiempo para aflorar en nosotros. De alguna manera, ya están aquí. Abrir nuestra mente para recibirlos, eso sí lleva algo de tiempo. Más cuando nos abrimos, Dios obra rápidamente.