Cuando era joven, solía tener algunas tendencias violentas. Cuando niño, frecuentemente atacaba a esa persona en mi vida que parecía ser la más vulnerable: mi hermano menor.

Pueden apreciar que nuestra dinámica no fue muy diferente de otras rivalidades entre hermanos. Pero el hecho es que yo lo amenazaba, me burlaba y algunas veces utilizaba la violencia física contra él. Contra mi hermano menor, la persona más gentil y generosa que puedan imaginarse.

Al crecer, transferí mi agresividad al deporte y otras formas de competición. Comencé a dejar en paz a mi hermano. Y en la oportunidad de mi graduación de la secundaria, teníamos una relación amigable.

Unos años después, algo sucedió mientras visitaba a un amigo. Teníamos unos veinte años y mi amigo invitó a su hermano mayor para la excursión por el campo que habíamos planeado.

En el trayecto, mi amigo y su hermano comenzaron a enfrentarse. La discusión se volvió violenta y repentinamente se estaban peleando a las trompadas. Y allí estaba yo, en el asiento trasero de un auto que aún estaba andando, observando cómo dos hombres de veintipico de años se molían a golpes.

Estaba horrorizado. Y mi horror no provenía del hecho de ser pasajero en un auto que marchaba rápida y erráticamente. Mi horror provenía de haberme dado cuenta que yo había pasado mi vida en esa misma locura.

Ni bien pude encontrar un teléfono, llamé a mi hermano para contarle lo sucedido y disculparme profundamente por mis acciones. Se rió un poco y en líneas generales me dijo que lo pasado pisado. Pero para mí no lo era. Había visto el reflejo de mis propias tendencias hacia la violencia y quería soltarlas con desesperación. Este mismo proceso se ha  repetido muchas  veces a lo largo del tiempo. Una y otra vez, fui forzado a confrontar mis inclinaciones hacia la intimidación, crueldad y ataque. Tuve que contemplar, con los ojos bien abiertos, las consecuencias de lo hecho, y en muchas ocasiones terminé de rodillas orando – pidiéndole a Dios que quitara eso de mí. Este ha sido un proceso transformador.

Comparto esta historia con el propósito de examinar el proceso de corrección. Cuando contemplé a mi amigo y a su hermano atacándose mutuamente, eran dos las respuestas entre las que podía elegir.

Por un lado, pude haber dicho, “¡Dios mío, estos tipos están locos! ¡Estamos arriba de un auto, por favor! ¡Están chiflados – quítenmelos  de encima!

Pero también pude haber dicho, “Yo también he hecho esto. Estoy listo para cambiar”.

En esa situación, elegí esta alternativa, alternativa que me permitió orientarme hacia un camino totalmente nuevo. Sin embargo, ahora observo que ese evento no fue ni el único ni el más dramático.

En verdad, todos somos llamados a tomar la misma decisión día tras día. En cada ocasión en la que observamos cuando alguien proyecta un pensamiento violento o bien tiene una actitud violenta, se nos presenta una alternativa: “¿Voy a condenar a esta persona y así distanciarme mentalmente de ella o voy a permitir que esto sea un llamado para que yo acepte una corrección interior para mí mismo?

Un Curso de Milagros es absolutamente claro al respecto. No dice que no ataquemos ni acusemos ni que tratemos de corregir nosotros los errores de los demás. En cambio, nos alienta a aceptar una corrección interna para nosotros mismos – una corrección amorosa, divina que se nos ofrece todo el tiempo.

Una vez que hemos aceptado esta corrección interna, podemos dejarla fluir a través nuestro hacia todo el mundo.

En esta práctica, reconocemos que el ataque, cualquiera sea su tipo, refleja una falta de amor.  Así es como nos permitimos convertimos en canales para ese amor, soltando nuestros pensamientos de ataque – no tratando de corregir a los demás. Al aceptar una corrección interior, nos transformamos en canales para el amor divino que todos necesitamos.

Ahora bien, este proceso de corrección puede resultar simple en teoría. Sin embargo, necesita de mucha disciplina para elegirlo. Al igual que muchos de nosotros, tengo la constante tentación de resistirme a esa corrección interna para dedicarme exclusivamente a corregir a los demás (y no muy amorosamente). Permítanme compartir un ejemplo reciente.

Esta mañana, estaba en un café tratando de leer algunas cosas. En la mesa de al lado, tres mujeres hablaban sobre los hombres que habían tenido en sus vidas, y de vez en cuando comentaban que los hombres eran controladores, que no eran psicológicamente alertas y cómo trataban de replicar la relación que habían tenido con la madre, etc, etc.

Tenía una enorme tentación de acercarme hasta la mesa y decirles que estaban muy equivocadas. No todos los hombres son así. De hecho, algunos son muy amorosos, respetuosos y sabios. También quería decirles que quizás se perdían el conocer a esos hombres amorosos por todos sus preconceptos. Quería decirles que deberían tratar de abrir un poco sus mentes.

Y este, por supuesto, hubiera sido mi intento de corregir – en ellas - aquello que en realidad necesitaba una corrección interna. De haberles dicho algo, hubiera sido desde mi actitud defensiva y mis sentimientos de ira. Entonces en lugar de hacer algún comentario, abrí mi computadora portátil y me pregunté que era exactamente aquello que no me gustaba sobre esa conversación.

Hice una lista. No soportaba el tono de superioridad con el que hablaban, no soportaba esa falta de voluntad para mirar sus propios obstáculos interiores. No soportaba esa pedante confianza acerca de la “sabiduría” que encerraban esos comentarios.  Al ir escribiendo la lista, el problema se hizo evidente. Esos patrones de pensamiento  me eran muy familiares. Durante años me había permitido – ciegamente- tener las mismas actitudes que ahora veía en esas mujeres. Quizás todavía lo hacia, sin ni siquiera darme cuenta. De hecho, era  probable que estuviera  malinterpretando completamente la conversación de esas mujeres, quizás sólo estaba proyectando mis propios errores sobre ellas.

De una forma o de otra, la alternativa era la misma. Podía seguir condenando y distanciarme mentalmente de esas personas o bien podía decir “yo también tengo la tendencia de engancharme en patrones de pensamientos como estos. Estoy listo para aceptar una corrección en mí mismo. Pedí esa corrección interior – y me abrí a recibirla todo lo que pude. Al recuperar un sentimiento de paz, mi actitud cambió y la situación se resolvió.

Estas últimas semanas, me entrevisté con un números de personas que se sentían frustradas o enojadas con sus parejas, con sus jefes, con los políticos en general y con otras personas.

Repetían, tal como yo mismo me había repetido durante la mañana “si sólo cambiaran...”

Por supuesto que sería lindo que cambiaran, esto es bien cierto. Es hermoso cuando alguien se trasforma en una persona más amorosa, más paciente y más gentil. Pero como Un Curso de Milagros nos hace entender, concentrarnos en los errores de los demás es una trampa. Forzar un cambio en los demás nos es imposible, pero tratar de corregirlos es una manera de eludir nuestra propia corrección interior.

Parafraseando al Curso, el mundo necesita ser bañado en amor divino – y tiene que provenir a través tuyo y mío. 

Cada uno de nosotros somos canales infinitamente capaces de hacerlo. No hay límite para las bendiciones que pueden fluir a través nuestro. Pero no obraremos ningún milagro si nos resistimos a la corrección interior.

Nuestro trabajo es simplemente permitir que Dios trabaje en nosotros y a través de nosotros. Y al hacerlo, nos transformamos en los canales para aquello que los demás necesiten: el flujo de amor divino, sabiduría y paz. Al aceptar una corrección interior, somos extensiones del fluir divino. No existe ninguna corrección más poderosa para todos los problemas del mundo.  

Como apostilla a este artículo, y si te interesa realizar una mini práctica, puedes combinar estas ideas con la práctica que sugerí en el artículo “La Historia Interior”(1) Para explicar esta idea, permítanme utilizar el ejemplo que comenté más arriba. En lugar de decir:

“Esas mujeres están siendo injustas con los hombres”
(una percepción externa, que parece requerir una corrección externa)
podría trabajar con mis propios pensamientos o sentimientos:
“Estoy a la defensiva. Me siento insultado”
(contenido interior que requiere de una imprescindible corrección interna)

Si estás interesado en leer una sección de Un Curso de Milagros con respecto a señalar y corregir los errores en los demás, puedo recomendarte T-9.III La Corrección Del Error.

 



volver