El camino del Curso es entregarnos progresivamente al Espíritu Santo.  Su Voz conductora se convertirá en la única Voz que escuchemos.  Al final de la jornada cesará toda decisión y conoceremos la paz por fin.  Su Voz está siempre con nosotros pero queda bloqueada debido al miedo.  Con Su ayuda retiraremos esas defensas que interponemos contra Su presencia.  Esta es la forma de perdonar.  Tomamos Su mano, sin juicios, y miramos juntos el contenido de nuestra mente.  Él nos pide amorosamente que miremos para adentro en lugar de mirar al sufrimiento que surge en la mente por estar en contacto con el mundo.  Allí está la única causa de sufrimiento que se puede encontrar.  Él nos recuerda que el mundo es sólo un espejo de lo que hay en la mente.  Lo que no se ha perdonado en la mente se ve en el mundo como algo aterrador – algo para ser atacado y destruido.  Vuelve al origen del dolor, advierte, pues es sólo ahí que se puede deshacer.  Despréndete de tu condena de los demás, despréndete de tu condena de ti mismo y entrega tu dolor a mí, nos recuerda suavemente.

Y paulatinamente llegamos a aprender que no hay mejor manera que la Suya.  Es tan poco lo que nos pide, es tanto lo que tiene para dar.  Su luz despunta lentamente en nuestras mentes, nuestra fe comienza a profundizarse y nos tomamos de Su mano con más fuerza.  Su sistema funciona, el nuestro no.  Olvidando el pasado y soltando el futuro comenzamos a contentarnos con el momento presente.  Entendemos que Él puede llevarnos a casa sin sobresaltos y nosotros ya no deseamos otro camino.

El sueño de separación comienza a desvanecerse hasta que por fin Dios se inclina para alzarnos a la conciencia de nuestra perfecta unicidad con Él y estamos por fin en nuestro hogar.

 

Cuando el ego te tiente a enfermar no le pidas al Espíritu Santo que cure al cuerpo, pues eso no sería sino aceptar la creencia del ego de que el cuerpo es el que necesita curación.  Pídele, más bien, que te enseñe cómo percibir correctamente el cuerpo, pues lo único que puede estar distorsionado es la percepción.  Sólo la percepción puede estar enferma porque sólo la percepción puede estar equivocada.
T-8.IX.1:5-7

Cuando el cuerpo esté dolorido o no funciona bien, es muy tentador concentrar nuestra atención en los síntomas y buscar un cambio en ese nivel.  Este es un ejemplo de lo que el Curso llama magia.  La magia es un intento de sanar algo en el nivel equivocado.  Tal vez podríamos intentar con píldoras, rituales, amuletos, cristales, flores de Bach, visualizaciones, cirugía, etc.  El Curso no se pronuncia en contra del uso de la magia para aliviar nuestro dolor pero nos dice que esto no es sanar.  Procuramos arreglar algo “ahí afuera” que parece ser la causa de nuestra desazón. “Ahí afuera” incluye el cuerpo, otros cuerpos (relaciones) y situaciones en el mundo.  Nuestra creencia mágica es que algo, que no es nuestro pensamiento, es la causa del dolor y que si lo pudiésemos cambiar lo suficiente, estaríamos en paz.

Esto está en la raíz de todo nuestro enojo.  Creemos que el ataque conseguirá lo que queremos.  Por ejemplo, es posible que tengas una relación difícil con alguien y encuentres que casi siempre te da dolor de cabeza estar con el/ella. Tal vez hasta te acostumbres a llevar un remedio para aliviar tu dolor.  A través de la magia el ego intenta cambiar algo que está afuera de tu mente, ya sea tomando un remedio, o usando la ira para tratar de cambiar la conducta de una persona o hacerlo sentir culpable.  La magia es un intento de cambiar algo en el nivel de efecto en vez del nivel de la causa.

La palabra “cura” no puede aplicársele a ningún remedio que el mundo considere beneficioso.  Lo que el mundo percibe como un remedio terapéutico es sólo aquello que hace que el cuerpo se sienta “mejor”.  ... Mas no se ha curado.  Simplemente soñó que estaba enfermo y en el sueño encontró una fórmula mágica para restablecerse.  Sin embargo, no ha despertado del sueño, de modo que su mente continúa en el mismo estado que antes (L-pI.140. 1:1-2,2:1-3).

La causa de todo nuestro dolor, físico o psicológico, es la forma en que percibimos el mundo.  Lo que vemos en el mundo es lo que vemos en la mente – “la proyección da lugar a la percepción” como dice el Curso.  Primero miramos adentro antes de mirar afuera.  Si sólo percibimos al ego aterrorizado y violento en la mente, esto es lo que veremos en el mundo.

 Atrapados dentro de los pensamientos del ego, sólo podemos encontrar las soluciones del ego, que se ocuparán de los síntomas pero no de las causas.  Tal vez tengamos éxito y cambiemos la condición corporal por un tiempo o la forma en que otro se relacione con nosotros.  Sin embargo, el éxito que tengamos haciéndole ajustes a los efectos será efímero y nuestros problemas volverán a aparecer en forma similar o de alguna manera relacionada.  Nuestro ego entonces sugerirá otra solución y estaremos obligados a comenzar de nuevo.

Para ver el mundo de modo diferente y estar en paz debemos sanar nuestra percepción.  Para hacer esto necesitamos ayuda externa al sistema del ego.  Es un error pensar que podamos sanarnos sin la ayuda de Jesús o del Espíritu Santo.

Así pues, dejamos a un lado nuestros amuletos, nuestros talismanes y medicamentos, así como nuestras encantaciones y trucos mágicos de la clase que sean.  Sencillamente permaneceremos en perfecta quietud a la escucha de la Voz de la curación, la cual curará todos los males como si de uno solo se tratase y restaurará la cordura del Hijo de Dios.  Ésta es la única Voz que puede curar (L-pI.140.10:1-3).

A medida que nos demos cuenta que nuestros esfuerzos mágicos no pueden procurarnos una paz duradera, nuestras oraciones dejan de lado los efectos (“Te ruego que cures mi cuerpo Jesús”) para concentrarse en la causa (“Enséñame cómo perdonar”).  Dándonos cuenta que la causa de todo nuestro dolor está en la mente y no en el mundo, comenzamos el proceso de retomar las proyecciones que depositamos en el mundo y comenzamos a mirar con la ayuda del Espíritu Santo todo aquello que hemos negado en nuestra mente.  No es que simplemente “le entregamos todo al Espíritu Santo,” ya que primero, debemos reconocer el sistema de pensamiento de ataque del ego que está escondido en la mente.  El Curso no tiene que ver con afirmar la verdad y el amor sino... “despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor”... (T-In.1:7).

A medida que comenzamos a descubrir el grado de enojo y odio en la mente, el ego nos aconsejará que nos sintamos culpables, pues de esta manera continuará nuestra lealtad a él.  Sólo podremos sentirnos culpables si todavía creemos que lo que descubrimos en la oscuridad es realmente lo que somos.  En esos momentos, Jesús dice que le pidamos ayuda.  Sólo en su luz podremos disolver nuestra oscuridad.  Él está siempre esperando tendernos la mano si sólo le pidiéramos ayuda.  A medida que permitimos que su luz llene nuestra mente, nosotros también podremos ayudarlo a sanar a otros a través de nosotros.  La presencia del Espíritu Santo en nuestra mente nos recuerda que seguimos siendo hijos de Dios.  De la misma manera, nuestro ejemplo de paz les hará recordar a aquellos con quienes nos encontremos, que pueden elegir ver las cosas de otra manera.

La única aportación significativa que el sanador puede hacer es presentarle un ejemplo de alguien a quien se le cambió de rumbo y que ya no cree en pesadillas de ninguna clase.  La luz en su mente, por lo tanto, responderá al que pregunta, que tiene que decidir con Dios que sí hay luz porque la ve (T-9.V.7:4-5).

Esto no significa que no continuemos usando magia para nosotros y para otros, pues pocos han llegado a la etapa en que puedan inmediatamente cambiar de percepción errónea a percepción correcta en cada ocasión.  No es un pecado tener dolor de muelas, y visitar al dentista sería una decisión sabia.  Sin embargo, nuestra meta debiera ser sanar la mente, y para hacerlo debemos reconocer la oscuridad de nuestra mente del ego –aunque sea ilusoria– y sinceramente pedir que la luz del Espíritu Santo la desvanezca.  A medida que aprendamos a tomar más la mano de Jesús y menos la del ego, los resultados felices nos alentarán a confiar en él más y más.

 

El Curso nos dice que la verdad no se puede enseñar, pero que se revelará a nosotros si cumplimos con nuestra tarea de perdonar.  Perdonar es mirar más allá de nuestros errores preceptuales y así dejar de juzgar a otros y a nosotros mismos.  La verdad se nos dio completamente en la creación; no se aprendió.  Por lo tanto no podemos aprender la verdad ya que esto implica tiempo, y nuestra creación se llevó a cabo afuera del tiempo.  Nuestra tarea es aceptar la verdad de nuevo como parte de nuestra conciencia.  A medida que cumplimos con las condiciones necesarias, la verdad automáticamente despuntará en nuestras mentes por sí sola.

Lo único que se te pide es que le hagas sitio a la verdad.  No se te pide que inventes o que hagas lo que está más allá de tu entendimiento.  Lo único que se te pide es que dejes entrar a la verdad, que ceses de interferir en lo que ha de acontecer de por sí y que reconozcas nuevamente la presencia de lo que creíste haber desechado (T-21.7:6-8).

Le tenemos miedo a la verdad ya que hará desvanecer nuestra sensación de separación, revelando la unicidad de la creación de Dios.  Cuando llega la verdad el ego se extingue.  La verdad es de la mente y no del cuerpo.  Reside con el Espíritu Santo en nuestra mente dividida.  Para evitar esta amenaza a su existencia, el ego siempre le aconseja que se mantenga bien lejos de la mente y que se concentre en el mundo físico.  El Espíritu no puede conectarse con la materia y por lo tanto el ego está a salvo.

“La enfermedad es una defensa contra la verdad” (Lección 136) dice el Libro de Ejercicios.  A medida que la verdad comienza a despuntar en nuestra mente, el ego nos avisa que estamos en gran peligro.  Nos dice que la verdad revelará la profundidad de nuestro pecado contra Dios y que nos conducirá a nuestro justo castigo.  Para evitar esta situación aterrorizante el ego puede aconsejarnos que nos enfermemos para dejar de escudriñar la mente, donde se pueda encontrar la verdad, y poner la atención en el cuerpo.  Ahora estamos de nuevo a salvo de Dios, en el escondite de la materia.

El ego siempre se equivoca.  A medida que aprendemos a tomarle la mano a Jesús y mirar sin juicio ni culpa al contenido de nuestra mente, comenzamos a aprender que nos espera la dicha en vez de la condenación.  Al derribar las barreras que opusimos a la presencia de la verdad, ésta fluirá automáticamente a nuestra mente sin ninguna ayuda.

Hace mucho, decidimos bloquear la conciencia de la verdad de modo que pudiéramos jugar el juego de la separación.  Al cansarnos de este juego penoso comenzamos por fin a levantar las barreras que erigimos y encontramos que aún está ahí, como siempre, perfecta y jubilosamente esperando abrazarnos de nuevo.

  

Cuando cerramos nuestros ojos y meditamos, nos confrontamos inmediatamente con los pensamientos de la mente del ego.  Ellos se declaran importantes y reclaman nuestra atención.  Ante nuestra conciencia aparece una procesión de deseos y temores y nos perdemos en ellos.  Estos pensamientos parecen importantes, el contenido de nuestra conciencia – la estructura misma de nuestra vida.  ¿Qué dice el Curso acerca de estos pensamientos que parece que tanto atesoramos?

Estos pensamientos no significan nada. ... Ninguno de ellos (pensamientos “buenos” ni “malos”) constituye tus pensamientos reales, los cuales se encuentran ocultos tras ellos.  Los “buenos” no son sino sombras de lo que está más allá, y las sombras dificultan la visión.  Los “malos” son obstáculos para la visión, y, por lo tanto, te impiden ver.  No te interesan ni unos ni otros (Lección 4).

Es fácil olvidar que la mente del ego es sólo otro sentido cuyo objeto es tener pensamientos e identificarnos con su contenido.  Cuando olemos una rosa no decimos que somos ese perfume.  El canto de un pájaro no nos hace creer que somos un pájaro.  Pero sí creemos los pensamientos acerca de nosotros mismos.  Decimos “Soy un cuerpo”, “Estoy viejo”, “Estoy vivo,” “Soy padre” y casi ni nos detenemos a cuestionar estos pensamientos “yo soy”.  El Curso nos recuerda que los pensamientos que pensamos que pensamos no son reales y oscurecen los verdaderos pensamientos que pensamos con Dios.  Nuestros verdaderos pensamientos están localizados en la mente correcta, la mente del Espíritu Santo.  Estos son los pensamientos de amor, paz, dicha, etc.  Los pensamientos del ego están basados en el concepto del “yo” separado que piensa pensamientos buenos y malos.  Sin embargo, el Curso nos informa que tanto los pensamientos buenos como los malos oscurecen la visión espiritual.  Estos pensamientos incesantes de la mente del ego son un efectivo bloqueo a la conciencia del Espíritu Santo en la mente correcta, que requiere que estemos quietos para escucharlo.

No somos quienes pensamos que somos.  Nuestra creencia constante en un “yo” separado con todos sus atributos especiales es la fuente de todo nuestro dolor.  Para escaparnos de este dolor perseguimos el placer que sólo nos lleva a más dolor.  Hasta que comenzamos a cuestionar e investigar quiénes somos realmente, estamos atrapados en un círculo vicioso de evitar dolor y buscar placer.  Los pensamientos del ego “yo soy esto o aquello” nos mantienen enraizados en nuestra falsa sensación de individualidad.  Todo nuestro pensamiento está basado en el pasado (ver Lección 7) y nuestra sensación de ser depende sólo de ello.  Somos literalmente una colección de memorias, hábitos, patrones y condicionamientos.  Sin la ilusión del tiempo, nuestras personalidades se desvanecerían.  La memoria mantiene viva la ilusión de identidad personal.  ¡Mientras que nuestra mente está preocupada con el pasado, o su proyección al futuro, el Curso nos dice que nuestra mente en realidad está en blanco!

Mi mente está absorbida con pensamientos del pasado. ... El único pensamiento completamente verdadero que se puede tener acerca del pasado es que no está aquí.  Pensar acerca del pasado, por lo tanto, es pensar en ilusiones.  Muy pocos se han dado cuenta de lo que realmente supone visualizar el pasado o prever el futuro.  De hecho, la mente está en blanco al hacer eso, ya que en realidad no está pensando en nada. Lección 8.

En realidad no está pasando nada aunque para nosotros no parece ser así.  La mente del ego ha inventado el pensamiento del “yo” pero es sólo otro pensamiento entre su colección de objetos de la mente.  En el cielo no hay ningún “yo”.  Nuestros auto-conceptos no pueden existir “allí” y esto es lo que nos asusta.  La meta final del Curso es mostrarnos que no somos cuerpos, padres, niños, maestros, estudiantes etc. sino el pensamiento sin forma, ilimitada, eterna, perfecta de Dios.  Al preferir “tener razón en vez de ser feliz” nos aferramos al concepto de un ser separado, o “yo”, que se identifica con el cuerpo como su hogar.  En el Libro de Ejercicios se nos alienta en muchos lados a tratar de ir más allá, o debajo de estos oscuros pensamientos del ego, de “yo soy esto o aquello” para llegar a los pensamientos que pensamos con Dios.  Tocar estos pensamientos es abrirnos a un nuevo mundo totalmente distinto al que nos resulta familiar.  Descubriremos ahí un amor y una sabiduría que nos guiará en nuestro camino hacia el mundo real.  Cuando este se alcance nuestra única identificación será “Yo soy el santo Hijo de Dios Mismo” (Lección 191) pues toda otra identificación ahora nos resultará insignificante.

 No soy un cuerpo.  Soy libre.
Pues aún soy tal como Dios me creó.
Lección 201

 ¿Dar amor o despejar los obstáculos que ocultan su presencia?

Es cosa fácil y popular decir que debemos amar a los que nos rodean.  Que la solución a los problemas del mundo es amar más y por lo tanto debiéramos esforzarnos más para amar.  ¿Podemos hacer ese esfuerzo para amar?  ¿Habrá que amar a la fuerza o es que sencillamente brillará por sí solo sin esfuerzo?  Si se nos creó a imagen de Dios, que es todo amor ¿por qué no estamos irradiándolo todo el tiempo?  Debe haber una buena razón para no hacerlo.  El Curso de Milagros® dice que la presencia del amor en la mente desvanecerá con su luz al ego y nuestra sensación de separación, que nos encanta preservar.  El amor es mortífero para nuestros egos que deben ser defendidos a toda costa.

Podemos hacer de cuenta que amamos pero esto siempre será dual.  Elegiremos un objeto o persona en particular para “amar” y excluir a todos los demás.  A esto Un Curso de Milagros® lo llama amor especial y esto es sencillamente una máscara para el odio especial pues siempre hemos de odiar aquello de lo que dependemos.  Nuestro ego nos enseña a usar a otros como sustitutos para nuestra verdadera relación con Dios.  Si el amor es exclusivo, entonces no es amor y, como enseña el Curso, lo que no es amor es odio.  Esto no significa que abandonemos las relaciones pues pueden usarse en la importante función de espejos de nuestro sistema de pensamiento del ego negado.  Podemos comenzar a aprender que lo que nos enoja en los demás siempre se encuentra en nosotros.

Si no somos amorosos es porque elegimos no serlo.  El amor especial parece preferible al amor incondicional que no tiene ningún objeto.  Alentar a los demás que den amor sólo incrementará su nivel de culpa pues fracasarán consistentemente.  En su lugar debemos honestamente mirar cuánto juzgamos, comparamos, criticamos y odiamos a los demás pues ahí es donde encontraremos los obstáculos al amor.

No temas examinar la relación de odio especial, pues tu liberación radica en que la examines.  Sería imposible no conocer el significado del amor si no fuese por eso (T-16.IV.1:1-2).

Mientras tapamos esta conciencia con falsas ideas de amor jamás descubriremos los obstáculos que hemos erigido ante la presencia del amor.  Hasta que aprendamos a mirar sin juicio el alcance completo del sistema de pensamiento asesino del ego, nos engañaremos con que podemos ofrecer amor a los demás.  Esta no es una tarea fácil.  Aquí son necesarios el esfuerzo, la vigilancia y el sentido del humor.  Es doloroso y penoso ver cómo pensamos de verdad, ver el alcance de nuestra culpa y odio.  Hace falta que invitemos la presencia sin juicio del Espíritu Santo o de Jesús para que nos acompañe a medida que destapamos las capas del ego.

Jesús nos alienta a sonreírle a nuestros egos y no tomarlos en serio.  Esto no es para fomentar la negación del ego, pues la negación es un mecanismo mayúsculo de defensa del ego.  Necesitamos aprender a no sentirnos culpables porque no amamos, de otro modo trataremos de compensarlo con muestras falsas de amor.  En vez, podemos tratar de estar conscientes en nuestra vida cotidiana de todas las veces que quisiéramos atacar a otros y aprender gradualmente a sonreírnos de estos pensamientos.  Kenneth Wapnick a menudo ha dicho que hace falta que veamos estos pensamientos del ego como algo a lo que no debemos darle tanta importancia.  De esta forma podremos lentamente deshacer la influencia del sistema de pensamiento de ataque del ego y escuchar más a la Voz de amor dentro de nuestra mente.  Del mismo modo en que sentiremos los rayos del sol una vez que las nubes hayan pasado, también nosotros extenderemos sin esfuerzo el amor de Dios en este mundo cuando hayamos aprendido a perdonarnos a nosotros mismos.

Este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está más allá de lo que se puede enseñar.  Pretende, no obstante, despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural (T-In).

  

La salvación no es más que un recordatorio de que este mundo no es tu hogar.  No se te imponen sus leyes, ni sus valores son los tuyos.  Y nada de lo que crees ver en él se encuentra realmente ahí.  Esto se ve y se entiende a medida que cada cual desempeña su papel en el des-hacimiento del mundo, tal como desempeñó un papel en su fabricación.  Cada cual dispone de los medios para ambas posibilidades, tal como siempre dispuso de ellos (T-25.VI.6:1-5).

Deshacer el mundo es un proceso por el cual nos soltamos de nuestros apegos y temores en relación con el mundo del ego.  En su lugar comenzamos a ver el mundo como un aula donde nuestro maestro es el Espíritu Santo o Jesús, donde las actividades de nuestro día son lecciones en que aprendemos a cambiar nuestra percepción y a perdonar.  Proceso significa tiempo, un viaje que tomamos.  El Curso nos dice que todavía estamos en nuestro hogar de modo que nuestro viaje es sin distancia.  Al escuchar palabras como estas es posible que nos tentemos a creer que podemos de un salto darnos cuenta inmediatamente que somos el Cristo.  Esto ha llevado a que algunos estudiantes del Curso piensen que sólo hace falta decir “Yo soy el Cristo” e instantáneamente les llega la iluminación.  En teoría eso es posible y un día todos daremos ese paso.  Sin embargo, esta conciencia llega al final del camino espiritual y “a costa” de nuestra individualidad, singularidad, especialismo y auto-imagen.  ¿Estamos listos para decir “yo no soy una mujer/hombre/cuerpo/padre/hijo etc?”  Salvo que estemos listos para liberarnos de la ilusión de separación, nuestro temor siempre bloqueará esta conciencia.

No tiene sentido pedirle iluminación al Espíritu Santo ahora, cuando Él sabe que no podríamos superar el golpe.  El Espíritu Santo jamás nos daría nada que incrementara nuestro temor.  Jesús lo tiene bien claro y dice, “No temas que se te vaya a elevar y a arrojar abruptamente a la realidad.  El tiempo es benévolo, y si lo usas en beneficio de la realidad, se ajustará al ritmo de tu transición” (T-16.VI.8:1-2).

Lleva tiempo volver al hogar con Dios; se necesita un proceso.  Sin embargo, podemos lograrlo tan lento o tan rápido como queremos.  Si usamos el sol como analogía para el siempre presente Cristo dentro de nuestra mente, entonces las nubes oscuras son los pensamientos del ego – tanto los buenos como los malos – que bloquean la conciencia de nuestra realidad espiritual.  Nuestra tarea, con la ayuda del Espíritu Santo, es eliminar las nubes.  Mirar, con aceptación, todos los pensamientos asesinos del ego dentro de nuestra mente es una tarea difícil y desagradable.  La negación y la proyección parecen ser una alternativa más cómoda que la vigilancia que pide el Curso.  Si pudiésemos elegir la iluminación fácilmente, Jesús no nos hubiera dado un Libro de Ejercicios que lleva por lo menos un año completar para entrenar la mente.

No tenemos que trabajar para crear el amor, la dicha o la verdad porque así es como se nos creó.  Aquello que nos fue dado por nuestro Creador no se nos dio en el tiempo y por lo tanto no puede ser aprendido.  El aprendizaje implica tiempo.  Dios no sabe nada del tiempo – esa es una de nuestras creaciones falsas de modo que pudiésemos experimentar la separación.  La mayoría de nosotros estamos muy interesados en esta ilusión de tiempo-espacio y aunque estamos comenzando a cansarnos de ella, (de otro modo no estaríamos interesados en un camino espiritual), sería fácil confundir nuestra buena disposición con iluminación.  Al no querer tomarnos el trabajo que involucra, es posible que nos tentemos, influenciados por la presión de nuestro grupo de pares, a imaginar que hemos logrado el salto y que demostremos falsamente nuestros logros espirituales.  Un resultado desafortunado de esta ilusión puede ser una “sonrisa de plástico” permanente.

Nisargadatta Maharaj, maestro oriental de no-dualidad, asemejó el proceso de crecimiento e iluminación al de una fruta que crece en un árbol.  Toma tiempo para que la fruta madure y cuando está lista cae repentinamente al suelo, para jamás volver.  La caída de la fruta sería análoga a que nosotros estuviéramos listos para soltarnos del ego y entrar al mundo real.  Si una fruta está casi madura, un viento repentino podría hacerla caer.  Del mismo modo, si una persona estuviese cerca a despertar del sueño de separación, un encuentro con un avanzado maestro de Dios podría precipitar un desplazamiento repentino hacia el mundo real.

El Curso tiene más de 100 referencias para la palabra peldaño y usa la analogía de la escalera para indicar el progreso gradual.  Subir la escalera de vuelta a casa requiere trabajo, esfuerzo y tiempo aunque el estado final será sin esfuerzo ya que se nos dirá qué decir, dónde ir y qué hacer.  No quedará nadie para tomar decisiones, ni quien lleve a cabo acciones y nuestra vida será de actividad espontánea guiada por una sabiduría interna.   Para ayudar a que nos despertemos en ese estado necesitamos poner un pie en los primeros peldaños de la escalera de regreso a casa, acordándonos de sonreír suavemente cada vez que nos caemos.


 



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