Tener paciencia es algo natural para aquellos que tienen confianza.  
M-4.VIII.1:9

Hacia fines de 1996 comencé a sentir que debiera tener mi propia vivienda y vivir solo.  Nunca había vivido solo.  Había ido de casa de mis padres a compañero de cuarto estudiantil, a amantes, a co-inquilino, pero nunca solo.

Encontrar un lugar para vivir siempre fue tarea fácil para mí.  Al término de mis conciertos simplemente anunciaba que estaba buscando un nuevo hogar, y alguien me avisaba que buscaba un nuevo co-inquilino.  No tenía preferencias, y si el universo me lo servía en bandeja, lo aceptaba.  Llegué a enorgullecerme de la facilidad con que podía fluir con los hechos.  ¡En retrospectiva, sospecho que mi actitud de ser tan fácil de complacer era una expresión de falta de amor propio; no me sentía merecedor de tener un objetivo profundamente acariciado, poder anunciarlo y hacer lugar a la posibilidad de recibirlo!  En su lugar, me conformaba pasivamente con lo que se presentara.  A veces no se está en situación de exigir nada, pero sentía que estaba listo para desechar esa idea, y aceptar una visión más amplia de quien era yo.  Esta vez me sentía maduro como para tomar un gran paso en la forma en que me cuidaba, muy parecido a aprender a tomarme el tiempo de cocinar un plato gourmet después de años de comer comida ya hecha para calentar en el microondas.

Comencé la búsqueda de mi hogar ideal haciendo una lista de las cosas que me apasionaban.  Meditaba cada mañana con esa lista de deseos:

Mi lugar de residencia ideal:

1. 0 a 3 millas de distancia de la playa en Encinitas, Leucadia, Cardiff, La Costa o Solana Beach, las mejores playas del sur de California.

2. Escondida en la naturaleza rodeada de abundante verde, tranquilo y apacible, empero a sólo unos cinco minutos de la civilización.

3. Construcción de tipo chalet, con dormitorio, cocina, oficina, living y un lindo baño con bañera y ducha con buena presión de agua.

4. Buena orientación, con sol, luminoso y alegre.  Buena temperatura tanto en invierno como en verano.

5. Con una calle o sendero espléndido para mis caminatas.

6. Sin limitaciones para hacer todo el ruido que quiero y expresarme emocionalmente.  Vecinos lo suficientemente alejados.

7. Con un amplio garaje u otro espacio conveniente para guardar mis cosas.

8. Con un alquiler de $800 o menos y que el propietario sea amable, práctico y flexible.  Que aprecie mi música y mi espiritualidad y que considere que es una bendición que yo viva ahí.

9. Con un jardín acogedor con hermosas plantas y abundancia de sol.

10. Con acceso libre a una cancha de tenis y pileta en las cercanías.

11. Que el lugar tenga un aire de santuario.  Seguro, espiritual, alegre y fascinante.  ¡Que ofrezca la certeza de que este es mi lugar!

Esto o algo mejor se manifiesta ahora para mí a partir del primero de Noviembre para el mayor bien de todos los involucrados.  ¡Grande, Dios!  Gracias, Dios, por este hermoso espacio.  Lo usaré para glorificar la Vida y para tener la experiencia y expresar niveles más profundos de paz, dicha y belleza.  ¡Yo me lo merezco y lo reclamo ahora!

Bien, además de atender todas mis opciones metafísicas mediante la visualización y agradecimiento de mi maravilloso nuevo hogar, también honré a los dioses de lo práctico contándoles a todos los que conocía qué estaba buscando, leyendo los avisos de los diarios y recorriendo mis localidades preferidas en busca de carteles de Alquiler.  Varios de los lugares que visité eran tentadores, pero resistí el impulso de comprometerme con un lugar que no cumpliera con los criterios esenciales.  Uno de los lugares tenía todo lo que buscaba excepto el sol.  Otro lugar perfecto daba a una calle con mucho tráfico.  Otro más estaba tan seductoramente cerca de mi sueño que incluso firmé un cheque de depósito, pero luego de consultar con mi corazón supe que tampoco éste era ‘el lugar’.

¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaba volviendo esnob?  Pasaron tres meses y me estaba cansando.  Un día, al retirarme de otra casa casi perfecta, noté que mi compostura mental comenzaba a debilitarse.  ¿Qué me pasa?  ¿Dónde me estoy equivocando?  ¿Por qué se me está privando de esto?  ¿Por qué se me castiga?  Sospechando dónde me podrían llevar estas ideas de víctima, decidí poner coto a ellos y ofrecerle a mi mente otra pregunta: ¿Qué cualidades del alma estoy desarrollando al alargar la búsqueda más tiempo del que pensaba? ¿Con qué regalos conspira el universo bendecirme a través de este desafío?  La respuesta de una sola palabra se deslizó por mi columna, restándole fuerza a mi recaída y haciendo que mi ego retire el resentimiento que había presentado ante Dios: PACIENCIA.

Ah, paciencia.  ¿Qué es eso?  ¿Y dónde se consigue urgente?  La mayor parte de mi vida he estado buscando el atajo más corto hacia la gratificación.  Revisé mi lista de deseos, y vi que necesitaba modificación.  Donde decía “Esto o algo mejor se manifiesta ahora para mí a partir del primero de Noviembre” cambié por “Esto o algo mejor se manifiesta ahora para mí en el perfecto tiempo de Dios para el mayor bien de todos los involucrados.”  Mi meta cambió de tener un lugar lo más pronto posible a tener paciencia y disfrutar con el proceso de buscarlo.

Confieso que nunca llegué a la actitud de disfrutar, pero sí de aceptar, y sentirme en paz.  Era como si mi niño interior hubiese estado saltando y gritando “¡Lo quiero ahora!  No me quedaré quieto hasta tenerlo!”  Tuvimos una charla, mi niño y yo, en que le permití tener su berrinche.  Después de validarlo y de un poco de catarsis, me pudo escuchar, y le hablé de la sabiduría de tener paciencia.

En cuanto hube soltado mi apego emocional acerca de cuándo lo encontraría, mi hogar apareció. (!)  Marqué un aviso en el diario de una casa para huéspedes de un dormitorio, y entré a un acogedor chalet en mi barrio tranquilo preferido.  Se cumplían todos los requisitos de mi lista con holgura.  Si yo fuera una mano, éste era mi guante, de calce perfecto.  Me imaginé cuánto compondría ahí.  Me imaginé cómo lo amueblaría.  Me imaginé que llenaría ese espacio con una energía cálida y amorosa.  Mi cabeza zumbaba mientras llenaba la solicitud junto con muchos otros postulantes, algunos babeándose con esperanza y deseo.  ¡Este lugar era una joya difícil de encontrar!

Al día siguiente esperé que sonara el teléfono a medida que me dirigía al universo en oración, meditación y algo de súplica tradicional.  La mañana del segundo día recibí un llamado de mi nuevo (observen mis pensamientos positivos) propietario.  “Scott, tengo algunas preguntas más para hacerte.  Le hemos ofrecido el lugar a una mujer que no está segura si lo va a tomar, nos avisa esta tarde.  Si ella no se decide, sigues tú.”  Las próximas cinco horas sentí toda una gama salvaje de emociones, olas de temor que surgían con fuerza al permitirme sentir mi deseo por este lugar.  Ahora entendí porqué mi vida había transcurrido tanto tiempo sin ir por la de oro.  La mediocridad es un refugio seguro ante el miedo de perder.  Di una larga caminata en una playa desierta, respirando profundamente, gritándole mis pensamientos a Dios, temblando por la angustia de que no me tocara, al tiempo que afirmaba mi fe que se me conducía a mi mayor bien, y que si este no era el lugar, había otro mejor.  Esa tarde recibí la llamada, y dos semanas después me mudé.

Vivo aquí desde Enero de 1997.  Nunca me había sentido tan contento.  Todos los días doy gracias por mi hogar y por haber flexionado y desarrollado los músculos de la paciencia, persistencia y fe, manteniéndome en el proceso hasta que se manifestó.  Tengo una tremenda sensación de satisfacción, sabiendo que estoy aquí porque amplié mi concepto de merecimiento para poder recibirlo.  Mi voluntad no era aceptar menos que eso.

Cuando hacía la provisión de electrodomésticos, decidí no comprar un microondas.  Parecía contrario a la dirección que tomaba mi vida.  Los microondas están en la categoría de lo veloz.  Y lo veloz, sea una droga o una actitud de impaciencia, mata los placeres del proceso, además de la calidad de lo que se produce.  Las delicias de la vida generalmente toman su tiempo, sean comidas, relaciones duraderas o la vivienda ideal.

 

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