El más santo de todos los lugares de la tierra es aquel donde un viejo odio se ha convertido en un amor presente.
T-26.IX.6.1

Un milagro de proporciones asombrosas golpeó mi buzón hoy.  Llegó en la forma de una carta con grandes letras rojas en el sobre: CÁRCEL ESTATAL.  Supongo que se marcó de esa forma por si no quería recibir correo desde la cárcel.  Cada tantos meses me voy a nuestra cárcel estatal con Dan Millstein, que encabeza Visiones para Prisiones, y les bla, bla, bla (como él dice) acerca del dolor, la pérdida y el perdón.  Después de contarles mi historia, algún prisionero siempre levanta la mano y me pregunta si realmente le perdoné al hombre y a la mujer que asesinaron a mi mujer.  Sin dudar les digo que sí.   Después de años de odio, queriendo morir yo mismo, queriendo que ellos se mueran y luego prefiriendo que yo mismo los torture, lo solté ó me desapegué.

Al correr de los años me he preocupado por su bienestar y el de los otros dos millones de hombres y mujeres en nuestras cárceles.  Pero un destello de trabajo incompleto, una persistente preocupación permanecía sin resolver dentro de mí.  Los prisioneros lo notaron.  Dan lo notó.  “¿Les dijiste que los habías perdonado?”  No, no les había dicho.

Cuando el mes pasado se re-editó El lugar donde se perdona [el libro de Dick sobre la “jornada” que emprendió después del asesinato de su esposa], mi editor me preguntó si había perdonado a los asesinos y si les había hablado.  ¿Por qué tanta gente me estaba haciendo la misma pregunta de repente?  ¿Estaban ellos en la misma lista de mensajes instantáneos?  El mundo a mi alrededor me estaba reflejando mi propio deseo de sanación, pero soy un poco lento para darme cuenta de tales cosas.  Generalmente percibo que al que le hace falta sanación es el mundo, no yo.  Decidí ponerme en contacto con los consejeros en las cárceles donde están los asesinos de mi primera esposa y averiguar si querían comunicarse conmigo.  Mi intención manifiesta era ayudar a sanarlos y demostrarle a mi editor que hice lo que mi libro recomendaba.  Me gusta quedar bien y estoy comprometido firmemente a no quedar mal.

Después de que ambos consejeros de la cárcel me advirtieron que fuese cauteloso y considerara si estaba “listo” para volver a abrir estas viejas heridas y preparado para ser engañado por estos presos, seguí adelante.  Después de todo soy un héroe dispuesto a ayudar a todos y sobre todo demostrarles a los demás lo servicial que soy.  Recuerda, me hace quedar bien.  Los consejeros se contactaron con el hombre y la mujer.  Ambos presos estuvieron de acuerdo en escribirse conmigo y encontrarnos si, después de cartearnos un tiempo, veíamos que era una buena idea.  Yo no tenía problema.  Yo iba a estar ahí para ellos, dije.  Por eso estaba haciendo esto.  Ama a tu prójimo, etc.  Haré feliz a Jesús.  Completé la solicitud de la cárcel y les escribí una carta al hombre y a la mujer.  Supuse que se sentirían curiosos pero cautelosos, tal vez retraídos y a la defensiva.  Con mis dotes psicoterapéuticos les ayudaría a expresarse y contarme qué era lo que les preocupaba.  Así era el plan de mi ego, entrenado psicológicamente para ser la salvación de los demás.  A último momento, había orado pidiendo que se me guiara.  Como siempre, el Espíritu Santo pasó por alto todos mis planes y escuchó mi plegaria.

Les escribí una carta a cada una de estas personas invitándolos al diálogo, envié las cartas a las dos cárceles acá en California y calculé que en unas semanas o meses recibiría una contestación.  Dentro de unos días, que me parecía imposiblemente rápido, llegó este sobre con las grandes letras rojas con el nombre de la mujer como remitente.  Me di cuenta al tomar su carta en mis manos cuánto había querido saber de ella, sin embargo tenía miedo de lo que pudiera decir.  Lo que encontré en mis manos me conmovió.

Escrito en papel arco iris la caligrafía femenina describió la agonía que había sufrido desde que participó del asesinato de Ramona, su tristeza por el rol que cumplió en el asesinato y un pedido de perdón.  No me había dado cuenta hasta qué punto había necesitado escuchar esas palabras.  Las lágrimas de alivio y dicha se derramaron y continuaron a medida que leía.  Sus palabras estaban destruyendo el basamento del resentimiento que había creado hace 14 años cuando un detective de Los Angeles me dijo que mi esposa había sido asesinada al entrar ladrones a nuestro hogar.  Yo me había liberado muchas veces del peso de esa pérdida, dolor y odio al paso de los años, pero no me había dado cuenta cuán grande era el pedazo al que todavía me aferraba.  Me sentí abrumado por sentimientos de gratitud por su voluntad de ayudarme a sanar, cuando yo ni sabía cuánto lo necesitaba.

Continuamos nuestra correspondencia y en su tercera carta ¿qué me cuenta?  Que ha leído el libro de Jerry Jampolsky El amor es despojarse del temor, que ha usado casetes de meditación durante años y medita con 200 tarjetas con una selección de dichos del Curso.  Es artista y me envió tarjetas hechas a mano copiando las que tiene en su colección.

Estoy leyendo una de las tarjetas ahora mientras escribo esto.


Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo.  Tal como lo consideres a él, así te considerarás a ti mismo.  Tal como lo trates, así te tratarás a ti mismo.  Tal como pienses de él, así pensarás de ti mismo.  Nunca te olvides de esto, pues en tus semejantes o bien te encuentras a ti mismo o bien te pierdes a ti mismo.
T-8.III.4:1-5

 


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