En algún momento creo que la mayoría de nosotros nos preguntamos si no hay algo que hacer para volvernos ‘más espiritual.’ Ya saben, comenzar una nueva práctica espiritual, armar un altar, ir sin falta a la iglesia, llevar una vida más holista, transformar nuestro hogar de acuerdo al feng shui, etc. – cualquier actividad que nos parezca que realmente funcione.
Tenemos la tendencia de creer que tenemos que ‘hacer algo’ a fin de ser espiritual o sentirnos espirituales, pero ¿no estaremos equivocados?
En la iglesia, por ejemplo, es posible que nos sintamos cualquier cosa menos espirituales. Y esto demuestra que ser espiritual no tiene que ver con lo que se hace. Tiene que ver con lo que se es. No es lo que hacemos. En realidad se trata de saber para qué es aquello que hacemos, qué lugar que le damos en la mente, el significado o el propósito que le dimos.
La cuestión es preguntarnos si el propósito que le damos a algo – en la mente – tiene que ver con el amor, la unión y el perdón, o con el ataque, la separación y la culpa, sin importar la apariencia que tenga o lo que hayamos leído en libros espirituales.
Un Curso de Milagros® jamás habla de lo que debemos hacer desde la conducta, sólo de lo que pensamos (propósito). Dentro de nuestro mundo ilusorio no hay actividad que sea inherentemente más espiritual que otro. No hay nada que tenga significado en sí mismo. No hay un estilo de vida – sea vegetariana, alternativa, verde, ético, igualitario o capitalista – que resulte ser más espiritual que otro. Cualquiera de estos estilos se pueden practicar con amor o con odio y enjuiciamiento.
Es lo mismo que comer sólo pescado los viernes o comida kosher o halal (carnes faenadas según las leyes musulmanas), ser circuncidado, portar plumas del pájaro ‘juju’ en la cabeza para espantar los malos espíritus, o tomar la Santa Comunión. Esta creencia en la necesidad de espiritualizar la materia (sea lo que sea en el mundo de la forma) sostiene que si haces esto eres salvo, si no eres un pecador. Ni lo uno ni lo otro es verdad.
Otro ejemplo, que ilustra la diferencia entre la forma y el contenido, es aquello de encarcelar a un miembro de la barra brava del fútbol. Se puede hacer con la idea de que la persona sufra – que tenga su castigo – o sea tomarnos la venganza o retribución, lo cual nos haría sentirnos culpables. O se puede hacer con la idea de alejar a la persona de la tentación de comportarse en forma ‘anti-social’. En el primero de estos casos hay falta de amor en el propósito. En el segundo, se puede considerar que es amoroso. En ambos casos la forma es idéntica, pero en contenido (propósito) es totalmente distinto.
No juzgues nada por su apariencia, sino pregúntate tan solo para qué es. El propósito es todo. De modo que no tenemos que hacer nada, ni podemos hacer nada, para volvernos espirituales. La esencia de nuestro ser es espiritual. Nos corresponde recordarlo, independientemente de la actividad que hagamos.
Únicamente el propósito que ves en [lo que sea] tiene significado, y si éste es verdad, su seguridad está garantizada. Si no es verdad, no tiene propósito alguno, ni sirve como medio para nada. Cualquier cosa que se perciba como medio para la verdad comparte la santidad de ésta y descansa en una luz tan segura como la verdad misma... La prueba a la que puedes someter todas las cosas en esta tierra es simplemente esta:¿“Para qué es”? La contestación a esta pregunta es lo que le confiere el significado que ello tiene para ti. De por sí, no tiene ninguno; sin embargo, tú le puedes otorgar realidad, según el propósito al que sirvas.
T-24.VII.5:5-7, 6:1-3