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Así es como nos hemos saludado durante años por teléfono o personalmente con Aeehsha del Centro de Actitudes que Sanan en Oakland, California.  No nos decimos “Hola”, ni “¿Qué tal?”  Decimos “¿Cómo está la Luz del mundo?” y la respuesta es “Brillante, sigue brillando fuerte.  Y veo la Luz que brilla en ti también.”

 

En los últimos tiempos, yo (Jerry) he tenido fuertes dolores en ambos hombros por una combinación de osteoartritis y bursitis, a tal grado que Diane ha tenido que ayudar a vestirme, etc.  Por suerte estoy mejor ahora aunque hubo días en que estaba evaluando incorrectamente mi falta de progreso espiritual y sentí que me elegían una vez más como Presidente de los Estudiantes de Milagros en Clases de Recuperación.

 

Ha sido todo un desafío para mí acordarme que “No soy un cuerpo, soy libre, pues soy tal como Dios me creó.”  Me ha resultado difícil no poner mi enfoque en el cuerpo cuando tengo dolores agudos y no culparme a mí mismo por mi dolor.

 

Una de las cosas que han sido de ayuda era recordar el saludo con Aeehsha, que me recuerda que soy la Luz del mundo, y que mi Luz sigue brillando, y así puedo elegir identificarme con la Luz en lugar del cuerpo.

 

Durante un período muy doloroso cuando mi energía estaba baja porque no dormía de noche, recibí una llamada de un estudiante de Un Curso de Milagros.  Como siempre, el pedido de ayuda resultó ser un regalo para mí.  El que llamaba me confió que tenía severos dolores de cabeza.  A medida que rezaba y permitía que el Espíritu Santo hablara a través mío, comencé a escucharme a mí mismo mientras compartí algunas formas en que él pudiese mirar su dolor.

 

Le dije que sentía que su objetivo de deshacerse de su dolor no era el mejor propósito que pudiera tener.  Seguí diciéndole que en mi experiencia, tener la Paz de Dios como única meta era un objetivo más práctico.  Señalé que en lugar de luchar contra el dolor, tal vez sería mejor abrazar el dolor y luego ir más allá del dolor para no ver el dolor ni a su cuerpo como el enemigo.

 

De paso aclaro que lo que le estaba diciendo eran cosas que yo ya estaba haciendo, pero al compartirlo con él, se fortalecía mi determinación.  Luego le pregunté qué le provocaba la mayor culpa y me dijo dos cosas importantes.  Le respondí que cuando le damos valor a sentirnos culpables y no lo soltamos, puede agregar dolor e incluso causarlo; que lo más importante era perdonarnos.

 

Este hombre sintió que mis comentarios le ayudaban y seguimos hablando durante media hora.  Luego de cortar, reflexioné que durante la llamada estaba tan enfocado en ofrecer este servicio a otra persona que se me había olvidado el dolor que yo tenía.

 

Me detuve y me pregunté, “¿Qué es lo que más me hace sentir culpable?”  La respuesta fue inmediata.  Lo que más me causaba culpa era mi conducta.  En la última semana, estuve de mal humor, impaciente y corto con Diane que para mí es una maestra de infinita paciencia.  Compartí con Diane mi pregunta y la respuesta que recibí.  De inmediato desapareció la culpa y se equilibró mi balance espiritual.

 

Una de las cosas que seguía preguntándome era cuáles serían las lecciones espirituales a aprender con esta experiencia que me permitiría servir más a otros.  Una de las respuestas que recibí fue de compartir mi proceso con ustedes en este artículo.  Sé que todos aprendemos unos de otros y agradezco la oportunidad de dar y recibir a través de esta unión.

 



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