Cuando comencé a leer el Curso, estaba tan inspirado por la visión exaltada de mi realidad que quería vivir aquella realidad más que nada.  ¡Así pensé!  Pues cuando me puse a practicar el Curso para poder tener esa experiencia, me di contra una pared de resistencia aparentemente impenetrable.  Yo sé que no soy el único.  Todos queremos los regalos que el Curso nos ofrece, de otro modo no lo estaríamos estudiando.  Sin embargo ¿quién entre nosotros no se ha resistido a hacer las prácticas?  Esta resistencia, según mi experiencia, puede ser muy debilitadora, y hasta puede llevarnos a dejar de lado el Curso (como hice varias veces).  Es esencial, entonces, que encontremos formas efectivas de manejar esta renuencia a practicar si es que hemos de llegar a las metas elevadas del Curso.

El Curso en sí nos da muchas herramientas para lidiar con nuestra resistencia.  Entre estas herramientas he encontrado una muy poderosa que me ha ayudado a avanzar con grandes pasos hacia la superación de mi resistencia: se trata de una actitud de templada determinación al practicar.  Esto verdaderamente ha avivado mi práctica.  Me gustaría compartir lo que he aprendido acerca de la templada determinación, esperando que sea tan poderoso para ti como lo ha sido para mí.


La frase “templada determinación” está en la Lección 73 donde se nos dice que repitamos la idea del día con “templada determinación y tranquila certeza” (L-pI.73.pI.10:1).  Esta frase se me quedó pegada durante años.  En dos palabras describe la completa actitud hacia la práctica del Curso, una actitud que creo que el Curso quiere que adoptemos.  Combina dos importantes énfasis de las instrucciones del Curso sobre la práctica: el énfasis en la firme disciplina mental, y el énfasis en que practiquemos suavemente sin tensión.  Y aunque la frase “templada determinación” en sí aparece una sola vez en el Curso, la idea de practicar con templada determinación es algo que el autor del Curso considera un aspecto vital de la práctica efectiva.

Pero ¿qué significa “templada determinación” exactamente?  Pues la suavidad y la firmeza, como normalmente las entendemos, parecen ser opuestos irreconciliables.  La suavidad es blanda y flexible; la firmeza es dura e inflexible.  La suavidad me hace pensar en conejitos y corderitos; la firmeza me hace pensar en padres severos, sargentos de instrucción, y el Sr. T.  Entonces ¿qué hacemos en nuestra práctica: nos dejamos “llevar por la corriente” en nuestra práctica, o hacemos restallar el látigo?  ¿Podemos ser suaves y a la vez firmes?

Para mí, esta pregunta fue más que teórica; tuvo un impacto dramático en mi práctica.  Pues aunque reconocía que el Curso subrayaba tanto la suavidad como la firmeza, no tenía ni idea cómo hacer para combinarlas.  Mi “solución” desafortunada para este dilema (no tanto lo que analicé, sino lo que de hecho llevé a la práctica) fue pasar de una a otra, a veces siendo firme, a veces siendo suave.  Esto creó un círculo vicioso, un ciclo que otros estudiantes me han dicho que conocen bien:

La firmeza significaba que me forzaba a practicar y batallar contra mi ego.  Esto fue difícil y cansador, e inevitablemente se resintió mi práctica.  Me hizo sentir culpable.   Entonces para aliviar mi culpa, pasaba a la suavidad.

La suavidad significaba darme por vencido y entregarme al ego; en vez de practicar, pasaba a “ser compasivo conmigo mismo” consintiendo mis deseos egoicos.  Esto también me hizo sentir culpable.  Para aliviar mi culpa, pasaba a la firmeza.  Daba vueltas y vueltas como una calesita...

Mi práctica se convirtió en un ciclo sin fin de culpa, obviamente no muy apto para aprender que el Hijo de Dios es inocente.  La practica terminó asociada con la culpa.  Como resultado me resistía a practicar, y la práctica que lograba hacer era esporádica e inefectiva.  Al darme cuenta de estos patrones, se me hizo claro que sea lo que fuere la templada determinación, no era esto.

 

A través del tiempo aprendí lo que significaba la templada determinación, y esto realmente transformó mi práctica.  El enfoque que tiene el Curso acerca de la templada determinación está basado en su singular entendimiento de la verdadera naturaleza de nuestra voluntad.  Pero antes de examinar el enfoque del Curso, veamos como yo estaba viendo el tema de la “voluntad” en mi propia práctica.  Básicamente presumí que yo tenía dos voluntades una en conflicto con la otra: una clase de “voluntad enaltecida” que de verdad quería la salvación, y un ego extremadamente obstinado que no.  Había tenido atisbos pasajeros de esta “voluntad enaltecida,” de modo que sabía que existía; pero francamente la voluntad de mi ego era mucho más fuerte.  Resumiendo, había aceptado el enfoque convencional que dice que el camino espiritual es una batalla feroz entre el espíritu y la carne, la luz y la oscuridad, el ser superior y el inferior.  Simplemente había inventado una “versión del Curso” acerca de esta batalla ancestral: una batalla entre mi verdadero Ser y mi ego, con mi voluntad perdidamente dividida entre ellos.

Bajo esta perspectiva, “determinación” significaba estar dispuesto a luchar del lado de esta débil voluntad enaltecida contra las interminables arremetidas del ego; “templanza” significaba darse por vencido y  entregarse a la inevitable atracción de mis deseos egoicos.  Podía darle batalla al ego o entregarme.  Ambas opciones terminaban reforzando al ego, pues ambas presumían que el ego era real.  Ambas, para usar el trillado dicho del Curso, hacían real el error.

Pero el enfoque del Curso sobre la templada determinación, en contraste con el mío, está basado en el reconocimiento crucial de que tenemos sólo una voluntad, no dos.  El Curso nos dice concisamente, “Tú no eres dos seres en conflicto” (T-16.III.6.1).  En el sistema del Curso, sólo la Voluntad de Dios es real, y compartimos esa Voluntad.  Esto significa que en verdad no puede haber una voluntad opuesta, no importa las apariencias: “No hay más voluntad que la de Dios.  No puedo estar en conflicto” (L-pI.74. 3:2).  Y ya que Dios quiere la salvación para nosotros, la salvación debe ser lo único que nosotros queremos también:

 ... el plan de Dios para la salvación, y sólo el Suyo, es lo que está en completo acuerdo con tu voluntad.  No es el propósito de un poder extraño que se te impone en contra de tu voluntad.  Es el único propósito aquí con el que tú y tu Padre estáis perfectamente de acuerdo.
L-pI.73.9:1-3

Entonces el ego es sólo una ilusión de voluntad.  Parece una  poderosa voluntad opuesta porque le prestamos nuestra creencia.  En verdad, es completamente impotente.

La voluntad que compartes con Dios encierra dentro de sí todo el poder de la creación.  Los vanos deseos del ego no se pueden compartir y, por lo tanto, no tienen poder alguno.  Sus deseos no son infructuosos en el sentido de que pueden dar lugar a un mundo de ilusiones en el cual puedes llegar a creer ciegamente.  Desde el punto de vista de la creación, no obstante, son ciertamente infructuosos, pues no dan lugar a nada que sea real (L-pI.73.1.3-6).

Este entendimiento derriba completamente la perspectiva de la “batalla de las voluntades” que dirigía mi práctica anteriormente.  Desde entonces no hay ninguna voluntad opuesta verdadera, no hay una batalla real.  Esta batalla parece real sólo debido a mi creencia en las voluntades encontradas.  Lo único que necesito hacer, entonces, es cambiar mi creencia de ser dos seres en conflicto (no doy por sentado que esto sea fácil – como el pasaje anterior lo dice, la creencia en las ilusiones puede ser ciega).  Necesito reforzar la creencia que comparto con Dios Su Voluntad, y al mismo tiempo retirar mi creencia en los infructuosos deseos del ego.

Esto lleva a un completo nuevo entendimiento de la templada determinación.  Desde esta perspectiva:

La determinación significa un firme compromiso de mi mente con la voluntad que comparto con Dios, la voluntad que quiere mi salvación.  Lo hago afirmando que la Voluntad de Dios es la única voluntad, la Fuente de todo poder, y lo único que verdaderamente quiero.

La templanza significa soltar suavemente al ego en vez de luchar contra él.  Lo hago recordándome a mí mismo que el ego no es nada, es totalmente impotente, y que en realidad no lo quiero.

Con este nuevo entendimiento, la templanza y la determinación ya no son polos opuestos.  En su lugar, la templanza apoya la determinación: al soltar suavemente al ego, no le doy el poder, y esto me permite ser más firme con mi verdadera voluntad.  A su vez, la determinación apoya la templanza: cuanto más firme es mi verdadera voluntad, menos poder parece tener mi ego, y tanto más fácil me es ser suave con él.  En vista que todo el proceso refuerza mi verdadera voluntad en vez de la de mi ego, el ciclo de culpa se deshace.  A través de este uso de la templada determinación, aprendo que el Hijo de Dios es inocente.

 

Como dije más arriba, este nuevo entendimiento de la templada determinación verdaderamente transformó mi práctica.  ¿Cómo? Al darme una nueva actitud hacia la práctica, y en particular al darme una nueva forma de ver y  manejar mi resistencia en la práctica.  ¿Cómo traemos una actitud de templada determinación a nuestra resistencia en la práctica?  En general, haciendo la práctica detallada anteriormente: afirmando que realmente queremos la Voluntad que Dios tiene para nosotros, y recordándonos que el ego no tiene poder contra él.  Y cuando nuestra resistencia nos lleva a olvidarnos de practicar, el Curso nos da una formula de dos pasos para ponernos otra vez en línea:

No te alteres porque te olvidaste de practicar (suave), pero

Trata de acordarte de practicar de nuevo en cuanto puedas (firme).

Esta formula se expresa directamente en varios lugares en el Curso; por ejemplo, en las Lecciones 20 y 27:

No te desanimes si se te olvida hacerlo, pero esfuérzate al máximo por acordarte 
L-pI.20.5:2

No dejes que [el haber salteado el período de práctica] te perturbe, pero sí trata de adherirte al horario establecido de ahí en adelante.
L-pI.27.4:5

Podemos ver cómo esta formula refleja las definiciones de templanza y determinación dados más arriba: no nos desanimamos acerca de nuestra resistencia a practicar (reflejado en el olvido de la práctica) porque desanimarnos le da poder a nuestra resistencia egoica y refuerza nuestra creencia en la realidad del ego.  En vez, suavemente soltamos nuestra resistencia.  Le negamos al ego tener poder sobre nosotros. Luego reafirmamos nuestro compromiso con la voluntad que compartimos con Dios (específicamente nuestro compromiso con la práctica, el camino del Curso hacia la salvación) reiniciando nuestra práctica en cuanto podamos.  En pocas palabras, usamos templanza para con nuestra resistencia a practicar de modo que podamos tener determinación en la continuidad de la práctica.


Muchas prácticas específicas del Curso contienen variaciones sobre la idea de la templada determinación, tantas que ni siquiera puedo comenzar a detallarlas todas aquí.  Pero me gustaría mencionar una categoría de práctica en el curso que es la respuesta a la tentación, que trata específicamente con el tema de la resistencia a practicar.  Las prácticas del Curso en “respuesta a la tentación” generalmente consisten en 1) un suave rechazo de pensamientos del ego que causan resistencia, y/ o 2) una firme dedicación a un pensamiento que refleja el objetivo de la salvación.  De modo que si al hacer los ejercicios experimentas resistencia (y si no estás experimentando resistencia, me postro a tus pies), desde luego usa las respuestas a la tentación que se te dan como parte de tu lección diaria.  Serán aún más poderosas si traes una actitud de templada determinación.

 Además, aquí hay unas pocas citas en particular que he usado yo, con verdadero éxito, para lidiar con mi propia resistencia a practicar.  Estas prácticas se pueden insertar fácilmente en tu rutina diaria.  Personalmente encuentro que es una cuerda de salvamento infalible.  Pruébalas la próxima vez que te resistas a practicar, y también puedes idear las tuyas propias.

Siempre que te resistas a practicar, en vez de luchar con tu ego, suéltalo suavemente y reafirma tu verdadera voluntad.  Di:

No hay más voluntad que la de Dios.  No puedo estar en conflicto
L-pI.74.3:2

No quiero este pensamiento.  Elijo en vez [un pensamiento basado en el Curso]
(basado en L.pI.rVI.6:2).

No permitiré que mi intención vacile en presencia de aquellos pensamientos que vengan a distraerme.  Comprendo que sea cual sea la forma que adopten, no tienen sentido ni poder.  Los reemplazo con mi determinación de triunfar.  Mi voluntad tiene poder sobre todas las fantasías y sobre todos los sueños.  Confío en que mi voluntad me apoyará y me llevará más allá de ellos
basado en L-pI.rII.In.4.1-5

Deseo la salvación.  Deseo ser feliz.  Deseo la paz.  Y sólo una mente disciplinada me los puede dar basado en L-pI.20.2:3-6

 

Tal vez el mayor regalo que me ha dado practicar con templada determinación está reflejada en la última línea de práctica recién detallada: una nueva apreciación de la disciplina mental, un componente vital del programa del Curso.  Pese a la importancia que le da el Curso a la disciplina mental pocos de nosotros realmente lo hace.  ¿Por qué?  Para ser francos, porque la mayoría de nosotros odia la disciplina mental.  Pensamos que la felicidad es una mente despreocupada y aniñada que puede ir sin rumbo y fantasear todo lo que quiera.  Opinamos que una mente así es exuberante, creativa,  expresiva, hasta divina.  La disciplina, por otro lado, es una lata.  Está asociada con la opresión, la monotonía, la culpa, el castigo y el encarcelamiento.  El puño de hierro de la disciplina mental parece aplastar nuestro glorioso niño divino.  En pocas palabras, odiamos la disciplina mental porque no pensamos que nos ofrezca nada que  realmente deseemos.

 Yo creo que una razón importante por el que nos resistimos a la disciplina del programa de entrenamiento mental es porque proyectamos en ella nuestra noción convencional de la disciplina.  Vemos el llamado del Curso a la firmeza como un llamado al puño de hierro, y muchos claudican ahí mismo.  Aquellos que estamos dispuestos a luchar empuñamos la mano de hierro y comenzamos a agarrarnos a tortazos con nuestro ego indisciplinado.  Pero esta lucha es una carga tan pesada que nosotros también generalmente terminamos claudicando y permitiendo que el ego gane.  Como resultado, nos subimos a la calesita de “firmeza/ suavidad”, y terminamos en el ciclo vicioso de la culpa.  Nos tragamos aquello de la batalla de las voluntades, y la práctica del Curso se convierte en guerra.  ¿Y quién quiere pelear una guerra?

 Pero este nuevo entendimiento de la templada determinación, basada en el reconocimiento de que yo tengo una voluntad y que quiero la salvación, realmente ha cambiado mi perspectiva de la disciplina del Curso.  La disciplina mental basada en verdadera templanza determinada no es ningún puño de hierro: es simplemente una forma de negar lo que no quiero (el ego), y afirmar lo que sí quiero (la salvación).  Hasta donde pueda aceptar esto (y todavía estoy trabajando en ello, no vayan a creer), me libero del ciclo de la culpa basada en voluntades en contienda.  La guerra terminó,  Y así la disciplina mental del Curso se ha vuelto cada vez más una dicha para mí.  La disciplina se está asociando con la felicidad.  Sólo la disciplina me da lo que realmente quiero, y de esto modo cada vez más, quiero practicar.  Y como resultado mi práctica realmente ha levantado vuelo.

 ¿Cómo sería tu práctica si la disciplina mental se volviera una dicha?   ¿No te ayudaría a lograr aquellas elevadas e inspiradas metas del Curso mucho más rápido?  Te invito a tratar de aplicar un poco de templada determinación a tu resistencia a practicar y ver qué sucede.  Espero que descubras la dicha que yo comencé a descubrir al practicar.  ¿Por qué no empezar hoy?

 



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