Abrazando Aquello De Lo Que Huyes

He llegado a la conclusión que la esencia de toda práctica espiritual es la aceptación del Ser; la aceptación de la verdad de Quienes somos como extensiones totales y glorias de Dios y la voluntad de aceptarnos a la luz de nuestra egocentricidad, mentiras y juegos.

 

Como parte de mi profundo compromiso de aceptar mi perfección innata tal Dios la creó, me queda claro a medida que entro a niveles más profundos de mi propia mente y corazón, cuán crucial es no condenar al ego para lograr la paz interior.  A no ser que pueda extender la aceptación, y aún la apreciación, a la luz de aquello de lo que huimos, reforzaremos al ego perpetuando la creencia de que hay algo en nosotros que no es aceptable.

 

Estuve con un amigo el otro día que me dijo, enfáticamente, que estaba listo para “deshacerse de la carrada de mierda” que portaba.  Me reí suavemente y le recordé que, siendo la Presencia del Amor completa y entera, literalmente no había “mierda” en él pero, desde mi propio humanismo, entendí lo que quiso decir y lo que sentía.  Se estaba refiriendo a su sensación de culpa y auto-juicio, a la voz interna de miedo que le gritaba “no eres lo suficientemente bueno”, “eres un inútil” y “no eres nada” cada vez que se equivocaba, haciéndolo trabajar más, sacrificarse más y sabotear su felicidad.  Estas creencias y juicios lo dejaban sintiéndose solo, insignificante, poco amoroso y vulnerable.  Usaba la mayor parte de su energía tratando de proyectar esas cualidades negativas a otros o compensarlos esforzándose más.  ¿Suena conocido?

 

Abierto Al Enfoque De Dios

Escuchando hablar a mi amigo, reconocí esa vieja trampa del ego: usar el principio espiritual y la voluntad de “crecer” como una buena excusa para denigrarse, logrando que la sensación de culpa y separación se refuerce — el método “kamikaze de iluminación", pensé.  El deseo de mi amigo de “deshacerse de la mierda” sonaba a que se preparaba para entrar en combate, lo cual no parecía ni amoroso ni elegante.  Estaba segura que esto no era lo que el Espíritu Santo tenía en mente como método para nuestra liberación.  Le recordé que tal vez otro enfoque tendría más éxito.

 

Un Curso en Milagros nos enseña que cuando sintamos algo que no sea la perfecta paz, habremos elegido mal. Nos recuerda constantemente que podemos regresar a la paz en un instante con sólo elegir de nuevo; que lo único que tenemos que hacer, cuando nos damos cuenta de nuestro pensamiento equivocado, es pedirle al Espíritu Santo interno que nos ayude a tomar un paso fuera de la mente enfocada en el miedo y la culpa y abrirnos al enfoque de amor e inocencia de Dios.  ¿Puede ser más simple?  Sin embargo qué grande es nuestra resistencia.

 

Últimamente, me he topado con la “pared” de mi voluntad de elegir de nuevo.  Esta “pared” apareció poco después de reforzar mi compromiso de vivir más plenamente y más profundamente desde mi esencia Divina.  Un poco como dar un paso más dentro de la luz, y el coletazo del ego.  Sentí el llamado de la “canción olvidada” —la memoria de Dios y nuestro Ser real — cantándolo a la parte más profunda de mi corazón, tirándome más hondamente a lo no mundano.  En este estado, experimenté las sensaciones conocidas de profundo gozo, un claro conocimiento de ser el Amor en sí y una conexión fuerte con la Verdad.  Como sucede a menudo cuando damos un salto en nuestra práctica espiritual, la “otra” memoria subió con fuerza a la superficie — esa vaga sensación de separación, culpa y de poca valía — que tuve muchas ganas de proyectar sobre otros y sobre el mundo a mi alrededor.

Más Compasión

Aunque supe muy bien que nada sucedía fuera de mi propia mente y que ninguna de mis alucinaciones tenían fundamento verdadero, luché por soltarlas y volver a la paz.  Recé pidiendo ayuda para soltar mis falsas creencias y proyecciones.  Las “entregué” al Espíritu Santo infinidad de veces, para volver a retomarlos inmediatamente.  En medio de experimentar gráficamente lo que el Curso llama la mente dividida — una parte queriendo soltarlo todo y ubicarme en la verdad de quien soy y la otra parte gritando enjuiciando, reclamando, con ira “justificada” — recé pidiendo otra manera de ver las cosas.

 

Mis oraciones tuvieron respuesta con el simple recordatorio de que sea más honesta y más compasiva conmigo misma.  Primero, tenía que entender que en ese momento en realidad no quería tener paz — en algún nivel quería tener conflicto.  Al darme cuenta de esto, tenía que elegir cómo responder.  Vi que podía responder desde el ego y usar mi falta de voluntad de correrme de actitud para confirmar la creencia que no soy lo suficientemente buena y un fracaso en cuanto a la práctica espiritual; o simplemente podía sonreír y aceptar el estado mental que había elegido y dejar de hacer juicios en mi contra por suficiente tiempo como para permitir que el Espíritu Santo me ayudase a darme cuenta que nada de esto importa de todos modos!

 

Elegí este último camino.  Me concentré con mis elecciones y sentimientos en el espíritu de aceptación y perdón.   A pesar del temor de que aceptarme en un estado egoico pudiese entrañar quedarme ahí por siempre, los juicios y el dolor comenzaron a derretirse con gracia.  Me sentí increíblemente tierna y abierta, a medida que olas de culpa existencial paseaban por mi conciencia.  No tenía “apoyos” y nada en que aferrarme, pero experimentar seriamente con el concepto de “No tengo que hacer nada” frente a un ataque de ego era un riesgo que resultó ser extremadamente liberador.  Ahora siento que estoy viviendo desde una entrega más honda que antes, y toda la experiencia me ha recordado que me quede más concientemente en  el momento presente con gratitud,  sin importarme lo demás.  Practicar un nivel de aceptación más incondicional me ha acercado una relajación y conocimiento más profundo de que no hay nada terrible en mí del que necesito huir o esconderme


 



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