Recuerda cual es el conflicto en tu mente y observa tu conducta en esta situación.
Fíjate lo razonable que has sido, o por lo menos lo justificado y necesario que resultó ser tu firmeza.

Tuviste buenas razones para hacer todo lo que hiciste, no importa qué haya sido.
En realidad no tuviste opción.

Trataste de ser considerada con la otra persona.
Evitaste reaccionar tantas veces.
Te callaste.
Te has esmerado por ser buena.

Ahora ten la voluntad de considerar que debajo de esta fachada considerada y razonable ha habido un ataque en tu mente, en tu percepción poco amorosa de la otra persona, en tu impulso de lograr que tus necesidades se satisfagan aunque les signifique un sacrificio.  Tal vez ni te des cuenta de este ataque la mayoría del tiempo, sin embargo la evidencia está.

 ¿Recuerdas haber sentido:
Una punzada de dolor,
Un ápice de culpabilidad,
Pero sobre todo, la pérdida de tu paz? (6:3)


Estas son las señales que demuestran que tu exterior justificado estaba ocultando la intención de asesinar.

El Curso dice 
“Lo que no es amor es asesinato.
Lo que no es amoroso no puede sino ser un ataque” (1:10-11).

Estas son las señales que demuestran que has estado en el campo de batalla.

¿Puedes verte en el campo de batalla?
A lo mejor hayas estado a la ofensiva.
Tal vez hayas estado escondida en tu trinchera.
Quizás has estado tratando de hacer que el enemigo caiga en una emboscada.

A lo mejor has estado agitando una bandera blanca mientras detrás de la espalda esgrimías un arma.
Una cosa queda clara: has estado buscando el botín de la guerra.

¿Qué es exactamente lo que has estado tratando de ganar en este campo de batalla?

Ahora pregúntate: ¿Puede ser algo que me ofrezca una calma perfecta y una sensación de amor tan profunda y serena que ninguna sombra de duda pueda jamás hacerme perder la certeza?  ¿Y puede ser algo que dure eternamente? (adaptación de 8:8-9).

Estas bendiciones sólo se pueden encontrar por encima del campo de batalla.  Y puedes ver la batalla desde más arriba (6:1).

Imagínate elevándote físicamente, pero también mental y emocionalmente.  Desde esta perspectiva más alta, ves que la batalla es inconsecuente y trivial.  Sus formas son pequeñas, sus sonidos remotos.  

La insensatez de la conquista resulta evidente desde la serena esfera que se encuentra por encima del campo de batalla” (9:5).  
En esta serena esfera te das cuenta que esta batalla no puede tocarte, que el cuerpo y personalidad de tu hermano no te puede dañar de ninguna manera.  En esta serena esfera te das cuenta que la batalla no es real, y que de ella se puede escapar fácilmente.

Y en este lugar te dices a ti mismo:
Elijo un milagro en vez del asesinato”
(adaptación de 6:5).

Esta serena esfera es más que sólo la ausencia de la batalla, es un lugar de paz.

Repite estas palabras para ti mismo: 
En este lugar no tengo necesidad de nada.  Cualquier clase de pesar es inconcebible. De lo único que soy consciente es de la luz que amo y sólo el amor brilla sobre mí para siempre.  El amor es mi pasado, mi presente y mi futuro; siempre el mismo, eternamente pleno y completamente compartido.  Sé que es imposible que mi felicidad pueda jamás sufrir cambio alguno” (
adaptación de 8:2-7).

¿Te sientes tentado de regresar al campo de batalla porque todavía piensas que hay algo que puedas lograr allí?  Si es así, pregúntate de nuevo si es posible que te pueda ofrecer la profunda, eterna paz y amor que encuentras por encima del campo de batalla.

Entonces repite, 
“Elijo no abandonar mi lugar en lo alto.  Y Dios Mismo, así como todas las luces del Cielo, se inclinarán tiernamente ante mí para apoyarme.  Elijo un milagro en vez del asesinato” (
adaptación de 6:5-6).



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