En las columnas que mi mujer Gayle y yo escribimos para el programa de radio siempre vuelve a aparecer una pregunta que, resumiendo, es así: “Tuve enredos con alguien que no era mi pareja pero no tuvimos relaciones de ninguna clase, debiera decírselo a mi pareja aunque me he propuesto nunca hacerlo de nuevo?”

Si el tema sale dentro de un ambiente de counseling donde pueda hacer preguntas, y la persona es estudiante de uno de los sistemas metafísicos, a menudo expresa la opinión que los errores no son tan importantes ya que el mundo no es eterno, o no es real, o que sólo es un sueño, o sólo una etapa del aprendizaje.  Sin embargo, si él o ella es la pareja engañada, el error es muy importante.  Generalmente se usa la defensa de “el mundo es irreal” para minimizar lo que les hacemos a los demás, pero no lo que ellos nos hacen a nosotros.

Cuando minimizamos un error propio, sólo equivale a preparar el camino para rápidamente cometer otro, y esto se ve claramente en el ejemplo dado.  La persona que ha engañado a su pareja, ahora piensa herir a ese individuo aún más profundamente al confesar su error.  Si una persona realmente estuviera decidida a convertirse en alguien incapaz de engañar y de herir, ¿cómo sirve a los propósitos del amor y la unidad el pronunciar palabras que garantizan que a la pareja de uno se lo catapultará hacia un dolor y miedo que podrían durarle años?

Los amigos tienen cuidado de lo que se dicen el uno al otro, pero si minimizamos las formas en que herimos a los demás, aún en las pequeñas cotidianeidades, no vemos la naturaleza básica de todos los errores y por lo tanto no podemos estar alertas para no cometerlos.  No sólo es importante lo que hacemos y no hacemos, es crucial para ser felices, para conocer la paz consistentemente, para tener verdaderas relaciones, para vivir lo Divino dentro de nosotros; es más, para entrar en el Reino del Cielo.

Una cosa es entender que todos cometemos errores.  Es muy distinto dejar de reconocer y corregir cada error individual.  ¿Cómo podemos vivir lo Divino si no expresamos lo Divino en cada cosa que hacemos y pensamos?  Esto significa que cada pequeña tarea y diligencia, cada pequeño encuentro con otra persona constituye los únicos momentos en que podemos despertar en Dios.

El problema de decir esto es que mucha gente piensa que estar alerta significa tensión y que la perfección significa sacrificio. Pero la ansiedad y la pérdida no son cualidades Divinas.  La relajación, libertad, confort, disfrute y paz son deberes, no opciones, si hemos de sentir la presencia de Aquel que está con nosotros siempre.  Sacar los restos de comida de la pileta, sacar la basura, llenar de agua el bebedero de nuestras mascotas, y la actitud que elegimos al estar en una cola no son momentos menos importantes que orar, leer las escrituras, o escuchar las palabras espirituales de un orador.  Si queremos tener paz y liberación día tras día, debemos vivir cada momento impecablemente.  No podemos darnos un descanso ahora para complacer al ego, para engaños, para ser descuidados en lo que decimos.  O Dios es todo para nosotros, o Dios es sólo una opción.  Hacer que Dios sea tan sólo una opción, es el único obstáculo que se erige entre nosotros y los portales del Paraíso aquí y ahora.

 



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