La sanación es el resultado directo del perdón, y la disculpa NO es perdón. No podemos ver el pecado de nuestros hermanos y perdonarlo. Debemos ver más allá de lo que nuestros ojos nos muestran; debemos ver más allá hacia la verdad que se yergue tras la ilusión. Cada ilusión es un recordatorio de lo que esta sucediendo en verdad. Cada acción, cada pensamiento  es bien una expresión de amor o un pedido de amor.

En la ilusión, parece fácil ver el pecado y es muy difícil de ver como un pedido de amor, pero es lo que siempre ha sido y siempre será. Nuestro hermano está dormido, dentro de una pesadilla. Dentro de este mal sueño, él no se siente amado, sino herido injustamente. Él se siente separado de Dios. Tenemos una solo opción: Podemos responderle y condenarlo y afirmar que Si está separado de Dios o bien podemos reconocer la verdad en él. Él es mi salvador. Al ver el Cristo en él, me abro a la experiencia del Cristo interior en mí. Si veo alguna otra cosa, me estoy alejando del Amor de Dios. No me puedo escapar de ese Amor, pero puedo ignorarlo. ¿Es esto lo que elegimos hacer?

Contemplamos el Dios de la salvación o el dios de la crucifixión. Sólo el Dios de la salvación nos sana. Y algunas veces, hemos sentido miedo de esta sanación. Parece como si nos hubiéramos aferrado a nuestros juicios y censuras, nos hemos pegado a nuestra culpa y después la proyectamos sobre nuestros hermanos. Elegimos ver la ilusión como Real  y escuchamos al ego en vez de escuchar al Espíritu Santo. Y este fue nuestro último pedido de amor, y esto es lo que hemos visto en nuestros hermanos. Pero no reconocimos su pedido de amor, y fuimos testigos de su pecado. Estábamos equivocados.

Y ahora no necesitamos estar equivocados nunca más.

Tomemos el pecado que vemos y entreguémoslo al Espíritu Santo, ofrezcamos ese pecado a Dios para que sea transformado.

Contemplemos el Amor de Dios y el perdón que nos regala.

Contemplemos la faz de Cristo en nuestros hermanos y todos sus pecados se desvanecen.

Alegrémonos en la inocencia, y alegrémonos en nuestra propia salvación.




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