Sírvanse completar la siguiente afirmación:

“Esta mañana, al hacer mi ejercicio del día (o al estar en mi tiempo de silencio con Dios), me encontré...”

a.      planificando el día
b.
      pensando en alguien que me atrae
c.
       anticipando mi próxima comida
d.
      anticipando con agrado una actividad placentera
e.
      llevando a cabo una conversación imaginaria en que finalmente logré que la otra persona aceptara mi punto de vista
f.
        explorando varios desenlaces preocupantes
g.
      escuchando voces desconocidas que decían cosas raras que luego no podía recordar
h.
      viendo imágenes extrañas, sin sentido, del tipo que uno encuentra en sueños.
i.
         cabeceando
j.
        babeando accidentalmente
k.
       mi Dios, no tengo ni idea
l.
         todo lo anterior
 

Lo más probable es que hayamos podido tildar unos cuántos de estos ítem.  Es probable que hayamos experimentado todos ellos o más, en alguna ocasión u otra.  Cualquier que haya tratado de concentrase conoce íntimamente lo que en el oriente se llama “la mente del mono”.

La mente distraída parece prácticamente imposible de controlar.  Nos sentimos comprendidos cuando en la Lección 236 el Curso habla de estar aparentemente a la merced de nuestro propio reino:

Tengo un reino que gobernar [mi propia mente].  Sin embargo, a veces no parece que yo sea su rey en absoluto, sino que parece imponerse sobre mí, y decirme cómo debo pensar y actuar y lo que debo sentir.
L-pII.236.1:1-3

Debido a esto, tal vez no dediquemos demasiado esfuerzo a ponerle fin a la distracción y es posible que ni la notemos.  Dado que es aparentemente inevitable, tal vez nos preguntemos: ¿Cuán importante será controlar la distracción de la mente? ¿Será posible hacerlo? ¿Y si es posible, cómo se hace?

 

Las tradiciones contemplativas del mundo oriental y occidental, son unánimes en estas cuestiones.  Sus respuestas descansan en un único supuesto en común: que el entrenamiento de la atención es fundamental para el camino espiritual.  Presten atención a los siguientes tres puntos, que buscan aprehender un acuerdo universal en el tema de la atención:

Sucintamente, las tradiciones mencionadas [hinduismo, budismo, taoísmo, kabala y hasidismo, cristianismo católico y ortodoxo oriental y sufismo islámico] concuerdan en el entendimiento que la mente humana en su estado común es de alguna manera fragmentada, cautiva, y proclive a la dispersión.  Cada tradición ha desarrollado dentro de sí por lo menos algún tipo de práctica que lleve a la estabilidad mental, unidad, control e integración.  Además, en cada tradición descubrimos la presunción de que esa transformación psicológica puede hacer más accesible la experiencia de la realidad y la verdad (Enciclopedia de Religión, Vol I).

Estos tres puntos proveen la base para la contestación de nuestras preguntas anteriores.  ¿Qué importancia tiene el control de la distracción de la mente?  Significa la diferencia entre la condición errática del estado mental común y el estado elevado de los iluminados.  Significa la diferencia entre donde estamos ahora y donde queremos llegar en última instancia.  En pocas palabras, significa todo.  ¿Es posible controlar la distracción de la mente?  Sí, pero implica un largo entrenamiento que es altamente intencional.  ¿Cómo podemos controlar la distracción?  Cada tradición da respuestas específicas, sin embargo, todos siguen esta idea esencial: “simplemente observa la distracción sin reaccionar; regístralo, acéptalo, y luego suavemente lleva la mente de regreso a su estado de concentración” (Enciclopedia de Religión, Vol I).

 

El Curso de Milagros® está completamente de acuerdo con las tradiciones del mundo en estos temas.  Después de todo, es “un curso de entrenamiento mental” (T-1.VII.4:1).  Dicho de otra manera, es un curso de entrenamiento de la atención.  Nos dice con el lenguaje más claro posible que la mente indisciplinada o no entrenada no puede tener felicidad, paz o salvación (L-pI.20.2:3-5), no puede ver (L-pI.44.3:5), incluso ni puede diferenciar entre dicha y pesar, amor y miedo (L-pI.20.2:6), tiene increíble dificultad al meditar y experimentar a Dios (L-pI.44.3-6), le resulta difícil cuestionar la forma en que ve las cosas (L-pI.9.2:1), no puede escuchar la Voz de Dios (L-pI.125.3:1), y, es más, no puede lograr nada (L-pI.1:3).

En perfecta armonía con las tradiciones religiosas del mundo (y a la vez pareciéndose a nuestras maestras de grado), el Curso nos dice que a fin de lograrlo “Lo único que necesitas hacer es ofrecerle tu atención indivisa” (T-12.V.9:4).  Darle al Curso nuestra atención indivisa eventualmente nos llevará a poner toda nuestra atención en Dios, que significa concentrar nuestras mentes en Él: “Estar en el Reino quiere decir que pones toda tu atención en él” (T-7.III.4:1).

El Curso está totalmente consciente de que comenzamos el Libro de Ejercicios con mentes que parecen fosas hirvientes de víboras, y que por lo tanto tendremos dificultades para llevar a cabo sus instrucciones:

Esto te resultará difícil, sobre todo al principio, ya que aún no tienes la disciplina mental que ello requiere.
L-pI.64.7:2

Entonces el Libro de Ejercicios se acomoda a lo que podría llamarse el síndrome de déficit de atención de sus estudiantes.  Lo hace de una cantidad de formas.  Nos da palabras específicas en qué concentrarnos, sabiendo que, “Las palabras pueden ser útiles, especialmente para el principiante, ya que lo ayudan a concentrarse y a facilitar la exclusión, o al menos el control, de los pensamientos foráneos” (M-21.1:8).  Nos permite “introducir variedad en [ciertas de] las sesiones de práctica en cualquier forma que te atraiga hacerlo” (LE-pI.39.10:1).  Fragmenta los períodos más largos, a veces en varias fases distintas.  Y se asegura que no sean demasiado largos al principio, dándonos en su lugar una abundancia de periodos de práctica más cortos, junto con la siguiente explicación intencionada: 

Dedicarse a [períodos de práctica más cortos] te ofrece ciertas ventajas en la etapa de aprendizaje en la que te encuentras ahora.  Es muy difícil a estas alturas evitar que la mente divague si se la somete a largos períodos de práctica.  Seguramente ya te habrás percatado de esto.  Has visto cuán grande es tu falta de disciplina mental y la necesidad que tienes de entrenar a tu mente.  Es necesario que reconozcas esto, pues ciertamente es un obstáculo para tu progreso.
L-pI.95.

 

Sin embargo, aún en nuestros ejercicios cortos, con palabras específicas en qué concentrarse, frases distintivas, y variedad que nosotros mismos podemos introducir, la mente igual se distrae.  ¿Qué hacemos?  Si el  Curso de veras estuviera interesado en entrenar nuestra atención, uno pensaría que nos daría algunos remedios para la distracción de la mente que divaga.  Es que, sin que los estudiantes lo sepan, eso es exactamente lo que hace.  El Curso de hecho provee una abundancia de tales remedios, todos los cuales son altamente efectivos para poner coto a la mente inquieta.  En el resto de este artículo exploraremos estos remedios uno por uno.

 

1.      Concéntrate en mantener el enfoque y despejar de la mente todo aquello que lo desviaría.

El remedio más básico para la mente que divaga es simplemente hacer lo mejor que uno puede para sostener la concentración.  Las siguientes instrucciones son del primer ejercicio de meditación del Libro de Ejercicios. 

Al comienzo de la sesión de práctica repite la idea de hoy muy lentamente.  No trates de pensar en nada en particular.  Trata, en cambio, de experimentar la sensación de que estás sumergiéndote en tu interior, más allá de todos los pensamientos vanos del mundo.  Trata de llegar hasta lo más profundo de tu mente, manteniéndola despejada de cualquier pensamiento que pudiese distraerte.
L-pI.41.6;3-6;
negrita del autor 

Aquí nos concentramos en una sensación de “sumergirse en el interior,” en entrar profundamente a la mente.  Sencillamente tratamos de mantener la mente despejada de todo lo que no sea este enfoque, todo lo que “pudiese distraernos” de este enfoque.  Esta intención de mantenerse concentrado puede sonar insuficiente, sin embargo es la base para todos los remedios que exploraremos.

 2.      Considera la quietud como tu estado natural; considera a tu mente como un lugar santo en que los pensamientos ociosos no tienen cabida.

 

No permitas que ningún pensamiento vano o necio venga a perturbar la santa mente del Hijo de Dios.
L-pI.41.5:3

Nota que acá hay más que una simple instrucción para que mantengas la mente despejada de todo pensamiento que distraiga.  Tanto los pensamientos como la mente están adjetivados.  A los pensamientos los llama “vanos y necios.”  Tu mente es “la santa mente del Hijo de Dios.”  Los dos sencillamente no van juntos.  Como un hombre violento, tomado, que irrumpe en un santuario silencioso y santo, estos pensamientos no pertenecen en tu mente.  “Perturban” este santo lugar.  El Curso describe aquí una actitud a sostener en la meditación.  Considera el estado natural de la mente como un santo santuario, como la mente del Hijo de Dios, en que sencillamente no tienen cabida los pensamientos ociosos, insensatos y perturbadores.

 

3.      Observa las distracciones desapasionadamente y pásalos de largo tranquilamente.

 

Trata entonces de sumergirte en tu mente, abandonando cualquier clase de interferencia e intrusión a medida que te sumerges serenamente más allá de ellasNo hay nada, excepto tú, que pueda impedirle a tu mente hacer esto.  Tu mente está sencillamente siguiendo su curso naturalTrata de observar los pensamientos que te vengan sin involucrarte con ninguno de ellos, y pásalos de largo tranquilamente.
L-pI.44.7:2-5;
negrita del autor

 

Si observan, estas instrucciones incluyen las dos instrucciones anteriores.  Como en el punto número 1, el enfoque es entrar en lo profundo de la mente y sumergirse más allá de nuestros pensamientos ociosos (este es una instrucción común para las meditaciones del Libro de Ejercicios).  Al igual que en el punto 2, debemos darnos cuenta que este enfoque es natural para la mente, que los pensamientos ociosos no son naturales y que van en contra del “curso natural” de la mente.

Sin embargo aquí hay algo nuevo que se agrega, en las líneas que puse en cursiva.  Los podemos desglosar en tres partes:

Si recuerdas, esta es una variación de la técnica recomendada por las tradiciones sabias del mundo: “sencillamente observar la distracción sin reaccionar, registrarla, aceptarla, y luego suavemente llevar la mente de nuevo a su estado de concentración.”

 

4.      Repite la primera fase del ejercicio

 Si ves que tu mente se distrae o si comienzas a notar la presencia de pensamientos que están en clara oposición a la idea de hoy, o si te resulta imposible pensar en algo, abre los ojos, repite la primera fase del ejercicio, y luego intenta de nuevo la segunda.
L-pI.43.6:1

 De ocurrir tales interferencias, abre los ojos y repite el pensamiento una vez más mientras miras lentamente a tu alrededor; después ciérralos, repite la idea otra vez, y continúa [con la segunda fase]
L-pI.42.5:5

 Repite la primera fase del ejercicio si notas que tu mente divaga...
L-pI.rII.IN.3.1 

En general, la primera fase de las lecciones del Libro de Ejercicios es más concreta, activa, verbal, externa.  Su propósito es establecer el enfoque o dirección de la mente para la fase más receptiva, no-verbal, interna que sigue.  Si en la segunda fase encuentras que tu mente está totalmente desconcentrada y sin dirección, hace falta volver a establecer el enfoque.  Es posible que te preguntes si mantener el enfoque de la mente es tan importante para que valga la pena volver atrás y repetir la primera fase.  Sin embargo si la mente se dispersa, ¿qué sentido tiene hacer el ejercicio?  Igual daría que comieras galletitas y que miraras la televisión.  Por lo tanto, dice el Curso, debes estar dispuesto a repetir la primera fase, no sólo una vez, sino las veces que sea necesario:  

No dejes transcurrir grandes lapsos de tiempo en los que te enfrascas en pensamientos irrelevantes.  Para evitar eso, vuelve a la primera fase del ejercicio cuantas veces sea necesario
L-pI.43.6:2-3 

5.      Si la mente se distrae, repite la idea para el día.

Este tal vez sea el remedio principal del Libro de Ejercicios para la distracción de la mente: 

... repite la idea de hoy para tus adentros
L-pI.61.5:7

 Tal vez te resulte necesario repetir la idea de hoy de vez en cuando a fin de reemplazar aquellos pensamientos que te distraigan
L-pI.67.4:1
 

Si experimentas cualquier clase de resistencia, haz una pausa lo suficientemente larga como para poder repetir la idea de hoy ...
L-pI.44.9:1 

Esta técnica parece tan sencilla que tal vez te tientes a descartarla.  Sin embargo en realidad es altamente efectiva.  La sencilla repetición de la idea del día, instantáneamente convoca de nuevo a la mente y la centra en tu propósito.  Si no lo has probado antes, es posible que te sorprendas de lo bien que funciona.

 

6.      Repite la idea y agrega una afirmación que deseas y tienes la intención de recordar. 

Si te distraes, repite la idea y añade: Deseo recordar esto porque quiero ser feliz
L-pI.62.5:6-7 

La afirmación agregada aquí es una joya pues declara tu intención de mantener el enfoque (“deseo recordar esto”) y además le da a tu mente un buen motivo para hacerlo (“porque quiero ser feliz”).  Repito, pruébenlo y tal vez se sorprendan de lo efectivo que es

 

7.       Afirma que no quieres el pensamiento que te distrae y reemplázalo con la idea del día.

Una técnica favorita personal, y favorita de aquellos que estudian con nosotros aquí en Sedona, es la que se encuentra en el Repaso VI: 

No dejes pasar un solo pensamiento trivial sin confrontarlo... Cuando la tentación te asedie, apresúrate a proclamar que ya no eres su presa, diciendo: No quiero este pensamiento.  El que quiero es ........ .

Y entonces repite la idea del día y deja que ocupe el lugar de lo que habías pensado
L-pI.rVI.5:2-6:4 

No obstante su simpleza, es extremadamente efectiva.  Pruébalo.  Te sorprenderás de lo bien que funciona.

 

8.      Repite la idea y agrega algunos pensamientos relacionados.

La práctica de permitir que lleguen pensamientos relacionados es importante en el Libro de Ejercicios.  Repites la idea y luego permites que tu mente genere pensamientos relacionados.  Aquí se da como un remedio para la distracción de la mente, cuando el remedio número 5 no es suficiente: 

Puede que también descubras que aun esto [repetición de la idea para reemplazar los pensamientos que distraen] no es suficiente y que necesitas seguir añadiendo otros pensamientos relacionados con la verdad acerca de ti [La idea para el día es “El Amor me creó a semejanza de Sí Mismo”]
L-pI.67.4:2 

Esto es similar a repetir la primera fase del ejercicio, pues estás activa y concretamente estableciendo la dirección de tu mente para una fase más receptiva y sin forma.

 

9.      Dedica el comienzo del período de práctica a vigilar y activamente descartar uno por uno los pensamientos que interfieren, hasta que tu mente se asemeje a una tabla rasa.

La Lección 65 contiene un giro interesante.  Al principio del ejercicio, en vez de pedir que mantengamos la mente libre de distracciones, se nos pide que lo revirtamos y estemos alertas ante pensamientos que interfieren:

 

Luego cierra los ojos y repite la idea para tus adentros una vez más, observando tu mente con gran detenimiento a fin de poder captar cualquier pensamiento que cruce por ella.  Al principio, no trates de concentrarte exclusivamente en aquellos pensamientos que estén relacionados con la idea de hoy.  Trata, más bien, de poner al descubierto cada pensamiento que surja para obstaculizarla.  Toma nota de cada uno de ellos con el mayor desapego posible según se presenten y deséchalos uno por uno a medida que te dices a ti mismo:

Este pensamiento refleja un objetivo que me está impidiendo
            Aceptar mi única función
           
L-pI.65.5

 

Esto es muy semejante al remedio número 3, que era, “observar las distracciones desapasionadamente y pasarlos de largo tranquilamente.”  Aquí también tomamos nota de cada una involucrándonos lo menos posible.  Pero en vez de pasar de largo tranquilamente, confrontamos el pensamiento directamente, afirmando que nos está distrayendo de nuestra única función, para lo único que estamos aquí.

Una vez que encontramos que ya no quedan pensamientos que interfieran, pedimos que se escriba la verdad en “nuestra tabla rasa.”

 

10. Date cuenta que los pensamientos que distraen no tienen poder, eres tú quien les da su poder.

 

Este tema surge varias veces, e incluso se menciona en el Texto: 

Comprende que sea cual sea la forma que adopten, no tienen sentido ni poder

L-pI.rII.IN.4:2 

Trata de pensar en la luz, sin forma y sin límites, según pasas de largo los pensamientos de este mundo.  Y no te olvides de que no te pueden atar a él a no ser que tú les des el poder de hacerlo
L-pI.44.10:2-3
 

Las distracciones del ego tal vez parezcan interferir en tu aprendizaje, pero el ego no tiene realmente ningún poder para distraerte a menos que tú se lo confieras. La voz del ego es una alucinación
T-8.I.2:1-2 

Por largo tiempo yo, personalmente, no probé esta técnica general.  En realidad ni siquiera parecía una técnica.  Sin embargo cuando finalmente lo probé, encontré que iba al meollo de la cuestión.  Pues la esencia de un pensamiento que distrae es la idea que no tiene poder sobre mí, que es un caballo salvaje sobre cuya espalda se me lleva, impotente.  Esta técnica disipa esa ilusión.  Este caballo no tiene ningún poder.  Yo le doy todo el poder que parece tener.  Yo soy el que me lleva de paseo voluntariamente.  Por lo tanto, con igual facilidad puedo traer mi mente de nuevo al establo, de regreso al centro. 

El Repaso IV en el Libro de Ejercicios nos da una forma interesante de este remedio.  Ahí se nos dice que comencemos nuestro período de quietud con cinto minutos para despejar la mente usando esta frase: “Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.”  La intención de concentrarse en esta frase no es que la afirmación se vuelva verdad, sino reconocer que ya es verdad.  En el repaso (L-pI.rIV.IN.4), se asemejan las mentes a un océano, sólo conteniendo pensamientos que Dios piensa, a través de nosotros, con nosotros.  Los pensamientos que pensamos por cuenta propia se asemejan a un palo insignificante que un niño arroja al mar.  No sólo son pequeños estos pensamientos, sino que completamente vacíos de contenido, sustancia y realidad.  El palo es una ilusión; el océano es todo lo que hay.  Nuestras mentes sólo abrigan lo que pensamos con Dios. 

A propósito, Allen Watson me dice que un favorito de él es:

Estos pensamientos no significan nada (L-pI.4)..

 

11. Afirma el poder de tu voluntad sobre todas las distracciones; confía en que él te lleve a término. 

El corolario natural de este punto está dado en el Repaso II:

 

Hay un mensaje esperándote.  Confía en que lo vas a recibirRecuerda que es para ti y que quieres recibirlo.

            No permitas que tu intención vacile en presencia de aquellos pensamientos que vengan a distraerte...    Remplázalos con tu determinación de triunfarNo olvides que tu voluntad tiene poder sobre todas las fantasías y sobre todos los sueños.  Confía en que tu voluntad te apoyará y te llevará más allá de ellos.

            Considera estas sesiones de práctica como consagraciones al camino, a la verdad y a la vidaNo dejes que ninguna ilusión, ningún pensamiento de muerte ni ninguna senda sombría te desvíe de tu propósito.  Estás comprometido a la salvación.  Resuélvete cada día a no dejar de cumplir tu función
L-pI.rII.IN 3:2-5:4;
negritas del autor

 

Sugiero que lean esta cita un par de veces, concentrándose en las palabras en cursiva.  Traten de llenar la mente con el sentimiento que comunican estas palabras en cursiva.  Ahora imagina que llevan ese sentimiento a la meditación.  ¿No creen que les sería más fácil que siempre mantener la mente libre de distracciones?

Si unimos este remedio y el anterior, tenemos: Los pensamientos que distraen no tienen ningún poder.  Tú tienes todo el poder.  Afirme tu poder sobre ellos.  Me hace recordar la siguiente cita de la Lección 160, que incluso podrán usar como respuesta a la distracción:

No obstante, qué fácil sería decir: “Éste es mi hogar.  Aquí es donde me corresponde estar y no me iré porque un loco me diga que tengo que hacerlo”
L-pI.160.2:3-4
 

Otra buena cita para usar para este propósito es la Lección 236: 

Gobierno mi mente, la cual sólo yo debo gobernar.

 

12.  Date cuenta que vale el (repetido) esfuerzo de controlar la mente que se distrae porque tú vales el esfuerzo.

 

La mente es nuestro reino.  Nosotros somos el que lo gobierna.  Si la mente se distrae, aparentemente más allá de todo control, entonces eso es lo que nosotros, el rey, ha decretado.  Hemos decidido que nuestros vanos pensamientos realmente valen.  Y hemos decidido que no hay un punto de concentración que sea lo suficientemente interesante para sostenerlo por mucho tiempo.  Resumiendo, hemos decidido que la distracción de la mente vale la pena.  Por lo tanto, si decidimos que el control de la distracción de la mente vale el esfuerzo, lo controlaremos.

Este es un tema importante en el Libro de Ejercicios.  Bien vale cualquier esfuerzo que demande que la mente deje de distraerse:

 

No dejes transcurrir grandes lapsos de tiempo en los que te enfrascas en pensamientos irrelevantes.  Para evitar eso, vuelve a la primera fase del ejercicio cuantas veces sea necesario (L-pI.43.6:2-3; cursiva del autor).

 

Tal vez necesites repetir: “No dejes que me olvide de mi función” con bastante frecuencia para que te ayude a concentrarte (L-pI.64.7:3; cursiva del autor).

 

Si tienes la sensación de estar cayendo en el ensimismamiento, repite la idea de hoy de inmediato y luego vuelve al ejercicio.  Has esto cuantas veces sea necesario.  Es ciertamente ventajoso negarse a buscar refugio en el ensimismamiento, aun si no llegas a experimentar la paz que andas buscando (L-pI.74.6:3-5; cursiva del autor).

 

Las tres citas anteriores nos dicen que llamemos de vuelta a la mente “cuantas veces sea necesario.”  Sin embargo la última cita es particularmente importante.  Habla del “ensimismamiento” que la misma lección llama “somnolencia y enervamiento [estado desvitalizado].”  El ensimismamiento, por lo tanto, significa deslizarse hacia un estado en que la mente está somnolienta y aletargada.  La cita termina diciendo que es “ciertamente ventajoso” no deslizarse hacia el ensimismamiento, aunque ello sea lo único que logremos en la meditación.  El logro de un estado mental alerta, no distraído es una meta en sí.

La siguiente cita del Texto agrega una nueva dimensión tanto al problema como a la respuesta

El hábito de colaborar con Dios y Sus creaciones se adquiere fácilmente si te niegas diligentemente a dejar que tu mente divague.  No se trata de un problema de falta de concentración, sino de la creencia de que nadie, incluido tú, es digno de un esfuerzo continuo.  Ponte de mi parte sistemáticamente contra este engaño, y no permitas que esa desafortunada creencia te retrase (T-4.IV.7:1-3).

 

Esta cita comienza con una reformulación de un tema ya conocido ahora: “negarse diligentemente a dejar que la mente divague.”  Luego dice que el problema no es que no puedas concentrarte.  Como hemos dicho anteriormente, te concentras en lo que te parece de valor.  Por lo tanto, si no te concentras en algo que vale, que te hará feliz (en este caso, Dios y Sus creaciones), entonces no estás motivado para salvarte.  Y esto significa que no crees que lo valgas.  En tus períodos de práctica, entonces, tal vez quisieras recordar que “Yo soy digno de un esfuerzo continuo (de mantener la mente despejada).”  De esta manera llevarás a cabo lo que se te ruega en la última frase de la cita.  Te insta a que te unas con Jesús en un esfuerzo continuo en contra de la creencia que no eres digno del esfuerzo continuo. 

Estas técnicas suenan bien, pero ¿qué hacer cuando la mente está tan fuera de control con no puedes siquiera recordarlas?  El Texto habla acerca de fijar la meta antes de entrar a cada situación.  Acabamos de observar que controlar la mente que divaga es una meta en sí.  Mi sugerencia, por lo tanto, es ésta: Antes de comenzar cada período de práctica, fija el objetivo de mantenerte alerta y concentrado.  Fija la intención de vigilar la mente para detectar pensamientos y de responder a ellos con uno o más de estos remedios.  Incluso decide con anticipación cuáles serán las que usarás.  Sugiero que lo pruebes sólo una vez, y que veas si funciona para ti.

El Curso nos asegura que lo lograremos.  La experiencia de millones de meditadores a través de la historia, y mi propia experiencia con el Libro de Ejercicios, es que con el tiempo la mente puede entrenarse crecientemente.  Sí podemos gobernar este reino.  Aun cuando el Curso se refiere a la gran dificultad que tenemos para sostener la concentración – como en las Lecciones 64 (7:2) y 39 (9:3) que hemos citado arriba – siempre agrega “al principio”.  Después de esas primeras lecciones, el Curso nos deja con esta maravillosa promesa, que yo también les dejo:

 Tu práctica empezará a adquirir ahora la vehemencia del amor, para ayudarte a evitar que tu mente se desvíe de su propósito. No tengas miedo ni timidez.  No hay duda de que alcanzarás tu objetivo final (LE-pI.153.20:1-3).

 



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