Pregunta
: ¿Cómo sabemos que la que estamos escuchando es en realidad la voz del Espíritu Santo y no la voz del ego?

Respuesta:  Otra forma de hacer esa pregunta podría ser ¿Cómo podemos distinguir entre las ilusiones y la verdad?  En realidad, la respuesta es, “Estudia el Curso.”  Pero eso parece llevarnos nuevamente a la pregunta.  Mi visión, sin embargo, es que aprender a diferenciar entre la ilusión y la verdad, o aprender a escuchar sólo la Voz de Dios y no la voz de nuestros egos, es en realidad lo que se supone que el Curso nos entrena a hacer.  La única forma, en realidad de aprender cómo distinguir entre el ego y el Espíritu Santo, o entre la ilusión y la verdad, es dedicarse completamente al programa de entrenamiento del Curso.

 

Para la mayoría de las personas este proceso de reconocer la voz del Espíritu Santo lleva una vida entera.  El Curso nos dice: “Son muy pocos los que pueden oír la Voz de Dios, y ni siquiera éstos pueden comunicar Sus mensajes directamente por medio del Espíritu que se los dio” (M-12.3:3).  De modo que escuchar al Espíritu Santo no es algo de lo que nos enteramos y hacemos al día siguiente, sin esfuerzo ni entrenamiento.  Mucha gente piensa que escucha la Voz de Dios; sólo “muy pocos” en verdad lo oyen.

¡Hasta Jesús nos dice que aprender a escuchar sólo la Voz de Dios fue su última lección, lo último que aprendió!  Dice:

El Espíritu Santo se encuentra en ti en un sentido muy literal.  Suya es la Voz que te llama a retornar a donde estabas antes y a donde estarás de nuevo.  Aun en este mundo es posible oír sólo esa Voz y ninguna otra.  Ello requiere esfuerzo, así como un gran deseo de aprender.  Ésa es la última lección que yo aprendí, y los Hijos de Dios gozan de la misma igualdad como alumnos que como Hijos
T-5.II.3;7-11

Estos renglones son, simultáneamente, desalentadores y alentadores.  Son desalentadores en que nos hacen saber que oír sólo al Espíritu Santo no es fácil.  Aprender a escuchar sólo a esa Voz “requiere esfuerzo, así como un gran deseo de aprender.”  No sólo eso sino que también fue la lección final de Jesús, así que no es algo elemental, algo que podamos aprender rápidamente.  ¡Lleva tiempo!  Sin embargo, por el lado alentador, Jesús indica que como estudiantes somos iguales a él, y por lo tanto, si él lo aprendió, también nosotros podemos.

 

Hay algunos datos prácticos para reconocer la voz del Espíritu.  Hay varias señales que son indicadoras bastante claras de que la voz que estamos oyendo es del ego.  También hay algunas señales que indican que lo que estamos escuchando es la Voz del Espíritu.  Y, en vista de los intentos del ego de falsear estas señales positivas, también hay advertencias acerca de señales falsas.

 

Al Espíritu Santo frecuentemente se le llama una voz “queda”, o voz callada.  Se nos dice que “el Espíritu Santo jamás da órdenes” (T-6.IV.11:1).  De modo que si la voz que escuchas te está dando una orden, no es Él.  También se nos dice, “El Espíritu Santo nunca hace una relación detallada de los errores” (T-6.V.4:1).  De modo que si la voz que estás escuchando está detallando todos tus errores, no es Él.  Por extensión, si la voz que escuchas te hace sentir culpable, no es Él.

El Espíritu Santo es muy claro en que eres el inocente, santo Hijo de Dios.  El curso dice: “El Espíritu Santo nunca varía en este punto, y, por lo tanto, el único estado de ánimo que genera es uno de dicha” (T-6.V.C.1:10).  Si la voz que estás escuchando engendra algo que no es dicha, no es Él.  El Espíritu Santo no nos pide sacrificio: “El Espíritu Santo nunca exige sacrificios, el ego, en cambio, siempre los exige” (T-7.X.5:5).  De modo que si la voz que escuchas te está pidiendo un sacrificio, es el ego.  Otro dato: 

Puedes estar seguro de que la solución a cualquier problema que el Espíritu Santo resuelva será siempre una solución en la que nadie pierde.  Y esto tiene que ser verdad porque Él no le exige sacrificios a nadie.  Cualquier solución que le exija a alguien la más mínima pérdida, no habrá resuelto el problema, sino que lo habrá empeorado, haciéndolo más difícil de resolver  y más injusto.  Es imposible que el espíritu Santo pueda ver cualquier clase de injusticia como la solución.  Para Él, lo que es injusto tiene que ser corregido porque es injusto
T-25.IX.3:1‚5

 Por lo tanto, la guía del Espíritu Santo siempre arreglará las cosas de modo que nadie pierda.  Probablemente no te guíe a robar el auto de tu hermano, por ejemplo.

 

A pesar de estas reglas aparentemente simples, necesitamos tener cuidado en esto.  A veces podemos estar escuchando al Espíritu Santo, pero luego reaccionando con nuestros egos.  El ego siempre reaccionará negativamente al Espíritu Santo, y nos tratará de confundir, hará que reaccionemos al amor como si fuera algo temeroso, y al miedo como si fuera fabuloso.

 

A veces tenemos lo que parecen ser reacciones negativas a la Voz de Dios.  Esto ocurre cuando estamos genuinamente escuchando el consejo del Espíritu Santo, pero estamos permitiendo que nuestros egos lo escuchen y le dé respuesta.  Aunque el Espíritu Santo jamás da órdenes, si estamos escuchándolo con nuestros egos, nos parecerá que se nos está pidiendo hacer algo que va contra nuestra voluntad.  Un auto-examen en actitud de plegaria en estos casos generalmente revelarán que realmente queremos lo que el Espíritu Santo nos está pidiendo que hagamos; sólo que nuestro ego o nuestro ser independiente, que en forma demente quiere la autonomía a toda costa, se siente importunado. 

El Curso también habla de una clase de culpa falsa que puede surgir en nosotros al escuchar la Voz de Dios.  Esto es de esperarse de una mente que no ha dejado totalmente de tenerle miedo a Dios.  Por ejemplo, cuando comenzamos a darnos cuenta que nuestra proyección de la culpa al mundo es un error, y que la culpa que estamos viendo es en realidad la nuestra, “las fases iniciales de esta inversión son con frecuencia bastante dolorosas, pues al dejar de echarle la culpa a lo que se encuentra afuera, existe una marcada tendencia a albergarla adentro” (T-11.IV.4:5).  Algunas personas han dejado de leer el Curso (pocos estudiantes cuestionarían que el Curso es en sí una expresión del Espíritu Santo) debido a que “Me hace sentir culpable.”  La propia respuesta del Curso a esta clase de culpa falsa es muy simple: 

.... sólo el ego culpa.  Culparse uno a sí mismo, es, por lo tanto, identificarse con el ego, y es una de sus defensas tal como lo es culpar a los demás
T-11.IV.5:4,5 

En otras palabras, abandonamos la culpa.  La culpa siempre es un indicio del ego.  Es posible que sientas que eres culpable por escuchar al Espíritu Santo, pero si estás sintiéndote culpable, estás escuchando al ego.  No es lo que dice el Espíritu Santo lo que te hace sentir culpable; es la interpretación que hace tu propio ego.  El Espíritu Santo puede estar diciendo, “tu pérdida de paz no es la culpa de tu hermano; tú mismo has elegido abandonar la paz.”  Si eso te hace sentir culpa, sin embargo, es sólo porque tu ego te lo está diciendo; el Espíritu Santo jamás culpa, y jamás condena. 

En forma similar, lo que el Espíritu Santo tiene para decir jamás hace que nuestros egos se sientan dichosos; al contrario, el ego tiene miedo y está deprimido cuando se escucha la Voz de Dios.  De modo que la mera ausencia de la sensación de dicha no significa que la voz que estás escuchando no es del Espíritu Santo.  Si alguna guía interna parece venir de Dios, y sin embargo no da lugar a la dicha, mira cuidadosamente los motivos por esa falta de dicha.  Si la guía es verdaderamente de Dios, encontrarás que la falta de dicha es causada por alguna creencia en el miedo o el sacrificio, o alguna falsa percepción de pérdida de especialismo. 

Del mismo modo, muchas veces nuestro ego percibirá sacrificio donde no hay ninguno, y por lo tanto, a veces, lo que el Espíritu Santo nos pide parece ser un sacrificio al principio.  Pensamos que nada es algo; si el Espíritu Santo nos pide que lo abandonemos, pensamos en “sacrificio,” pero en realidad no estamos sacrificando nada.  Si sientes que el Espíritu Santo te está pidiendo que te sacrifiques, pregunta qué es lo que estás sacrificando, y si ese algo es verdaderamente algo de Dios.  Posiblemente, la única forma de resolver las dudas es realmente abandonar lo que sea que es, y así descubrir que, en vez de pérdida y dolor, encontramos felicidad.

 [Puede existir una situación en que] el maestro de Dios se siente obligado a sacrificar sus propios intereses en aras de la verdad.  Todavía no se ha dado cuenta de cuán absolutamente imposible sería una exigencia así.  Esto sólo lo puede aprender a medida que renuncia realmente a lo que no tiene valor.  Mediante esa renuncia, aprende que donde esperaba aflicción, encuentra en su lugar una feliz despreocupación; donde pensaba que se le pedía algo, se encuentra agraciado con un regalo.

 

Por otro lado, hay veces en que estamos escuchando la voz del ego, y el ego intenta estimular las reacciones positivas de dicha y paz. 

Frecuentemente podemos confundir una sensación de triunfo por una de dicha.  La dicha verdadera siempre es una sensación compartida.  Jamás surge de ganarle a otro.  Dejar fuera de combate a la competencia por ese nuevo puesto puede parecer que le hace a uno sentir bien, pero es una dicha simulada que surge del especialismo y la competencia.  El Espíritu Santo, siendo un Ayudante a favor de igualdad de oportunidad, jamás te llevará a que ganes a expensas de la pérdida de otro. 

También hay una especie de falsa paz que el ego nos puede dar.  Como ejemplo obvio, piensa en la “paz mental” que puede proporcionar una negación efectiva.  Si tomamos un problema o una emoción negativa y la enterramos lo suficientemente profundo, cubriéndola con capas de oscuridad, logramos una cierta clase de “paz”.  Pero esa negación es un paliativo meramente temporario.  Encubre al problema en vez de sanarlo.  Pregúntate, “¿De dónde proviene mi paz, de haber resulto el problema, o de haberlo evitado?”  En las discusiones en el Libro de Ejercicios sobre la meditación se hace referencia a otra clase de paz falsa, llamándola “ensimismamiento”: 

Después que hayas despejado tu mente de esta manera, cierra los ojos y trata de experimentar la paz a la que tu realidad te da derecho.  Sumérgete en ella y siente como te va envolviendo.  Puede que te asalte la tentación de confundir estas prácticas con el ensimismamiento, pero la diferencia entre ambas cosas es fácil de detectar.  Si estás llevando a cabo el ejercicio correctamente, sentirás una profunda sensación de dicha y mayor agudeza mental en vez de somnolencia y enervamiento
L
-pI.74.5:1‚4
 

La clara instrucción aquí nos dice que la verdadera paz trae consigo “una profunda sensación de dicha y mayor agudeza mental” en contraposición con la “somnolencia y enervamiento” (una pérdida de energía) que provendrá de la falsa paz.  La paz de Dios es despierta y enérgica, confiado en que todos los problemas pueden y serán resueltos, en vez de retraerse hacia el ensimismamiento y la evasión.

 

La sección del Texto que habla de esta cuestión más directamente es “La prueba de la verdad,” Capítulo 14, Sección XI. 

Existe una sola prueba – tan infalible como Dios – con la que puedes reconocer si lo que has aprendido es verdad.  Si en realidad no tienes miedo de nada, y todos aquellos con los que estás, o todos aquellos que simplemente piensen en ti comparten tu perfecta paz, entonces puedes estar seguro de que has aprendido la lección de Dios, y no la tuya.  A menos que sea así, es que todavía quedan lecciones tenebrosas en tu mente que te hieren y te limitan, y que hieren y limitan a todos los que te rodean.  La ausencia de una paz perfecta sólo significa una cosa: crees que no quieres para el Hijo de Dios lo que su Padre dispuso para él.  Toda lección tenebrosa enseña esto de una u otra forma.  Y cada lección de luz con la que el Espíritu Santo reemplazará las lecciones tenebrosas que tú no aceptes, te enseñará que tu voluntad dispone lo mismo que la del Padre y la del Hijo.

No te preocupes por cómo vas a aprender una lección tan diametralmente opuesta a todo lo que te has enseñado a ti mismo. ¿Cómo ibas a poder saberlo? Tu papel es muy simple.  Sólo tienes que reconocer que ya no deseas lo que has aprendido.  Pide nuevas enseñanzas, y no te valgas de tus experiencias para confirmar lo que has aprendido.  Cuando de alguna manera tu paz se vea amenazada o perturbada, afirma lo siguiente:

 

No conozco el significado de nada, incluido esto.  No sé por lo tanto, cómo responder a ello.  No me valdré de lo que he aprendido en el pasado para que me sirva de guía ahora.

Cuando de este modo te niegues a tratar de enseñarte a ti mismo lo que no sabes, el Guía que Dios te ha dado te hablará.  Ocupará el lugar que le corresponde en tu conciencia en el momento en que tú lo desocupes y se lo ofrezcas a Él
T-14.XI.5‚6

 

El primer párrafo dice que la “prueba – tan infalible como Dios –” que nos puede decir que hemos escuchado la Voz de Dios es que estamos enteramente liberados del temor de todo tipo, y que todos aquellos con quienes estamos o que simplemente piensan en nosotros, comparten esa misma paz.  ¡Ahora, honestamente, ese elevado criterio parece dejar todo esto completamente fuera de mi alcance! ¿No estás de acuerdo?  Y es la única prueba final, la única prueba segura.  Con razón Jesús nos dice que exige “esfuerzo y gran deseo de aprender” (T-5.II.3:10), y que fue su aprendizaje final.  Pero no está fuera de nuestro alcance; se puede lograr, como vimos antes.  Si Jesús, que no es distinto de ninguno de nosotros, lo pudo hacer, significa que nosotros también podemos.

 

Sin embargo, hasta que hayamos logrado ese estándar extremadamente elevado, continúa diciendo la cita, significa que todos tenemos “lecciones tenebrosas” en la mente que nos pueden dañar y entorpecernos y aquellos que nos rodean.  No obstante, Jesús nos aconseja: 

No te preocupes por cómo vas a aprender una lección tan diametralmente opuesta a todo lo que te has enseñado a ti mismo. ¿Cómo ibas a poder saberlo? Tu papel es muy simple.  Sólo tienes que reconocer que ya no deseas lo que has aprendido
T-14.XI.6:1‚4 

Para mí, la esencia de lo que dice esto es que lo único que realmente necesitamos “hacer” es reconocer nuestras lecciones tenebrosas – la voz del ego – y cuando nos demos cuenta que estamos escuchando la voz del ego, tener la voluntad de darnos cuenta que no queremos sus lecciones, y abandonarlas.  Adoptar en todo momento la actitud de “No conozco el significado de esto.”  La frase 6:10 me lo aclara: “Cuando de este modo te niegues a tratar de enseñarte a ti mismo” significa rehusarse a tratar de desenredar las cosas, decidir lo que significan las cosas, o, resumiendo, rehusarse a juzgar.  Eso es todo lo que necesitamos hacer; abstenernos de enseñarnos a nosotros mismos.  Si hacemos justamente eso, el Espíritu Santo nos hablará.  Si salimos del paso, y no nos inmiscuimos, Él nos guiará.  Y cuando lo haga, tendremos esa “perfecta paz” que se menciona. 

Por lo tanto, cómo aprender a escuchar Su Voz no es la pregunta verdadera.  Debido a que todo lo que tengo que hacer es dejar de escuchar al ego, la pregunta real es, ¿cómo reconozco la voz del ego?Si aprendo eso, no necesito preocuparme de cómo aprenderé a escuchar la lección del Espíritu Santo.  De eso se ocupará Él. 

Mi propia opinión es que esto lo aprendemos muy gradualmente.  Podemos comenzar con la suposición básica que prácticamente todo lo que escuchamos está por lo menos coloreado por el ego, y por lo tanto asumo la actitud de “yo no sé.”  Como dice el Curso, “yo no sé” es nuestro “firme comienzo” en el aprendizaje: 

No sabes cuál es el significado de nada de lo que percibes.  Ni uno solo de los pensamientos que albergas es completamente verdadero.  Reconocer esto sienta las bases para un buen comienzo.  No es que estés desencaminado; es que no has aceptado ningún guía
T-11.VIII.3:1‚4

 

Al principio, pienso que la mayor parte de la “guía” que recibiremos será, en el mejor de los casos, un poco de todo. “Ni uno solo de los pensamientos que albergas es completamente verdadero” (T-11.VIII.3:2),nos dice el Curso.  El ego se va a colar casi todas las veces.  No podemos permitir que eso nos detenga, sin embargo.  He llegado a mirar la vida como un proceso de aprendizaje para escuchar una Voz: “Vivir aquí significa aprender” (T-14.III.3:2).  Una vez escribí un artículo intitulado “No dejes que el ego te detenga!”  Mi idea fue que a medida que comenzamos, el ego siempre logra infiltrarse en nuestras elecciones, y no lo podemos evitar.  El hacer las elecciones y experimentar los resultados de las indicaciones del ego – generalmente dolorosos de alguna forma – es la forma en que aprendemos a no tenerlas en cuenta.  Nos “caeremos” mucho mientras aprendamos a “caminar” con el Espíritu.  Pero así es como aprendemos.

 

Por lo tanto, mi consejo al contestar esta pregunta es:
    1. Reconoce que no sabes nada
    2. estate dispuesto a abandonar todos tus preconceptos
    3.
Pídele ayuda al Espíritu Santo.
    4. Evalúa lo que escuchas: una guía que ordena, exige, sacrifica, apoya el especialismo, induce la culpa, o aleja de la dicha, es casi siempre del ego.
    5.  Cuando pienses que escuchas Su guía, actúa lo más puramente que puedas.
    6. Evalúa los resultados, y mira para ver dónde se coló el ego.  Estate dispuesto a hacer ajustes y cambiar de parecer. 

 Con el tiempo, con esfuerzo y gran deseo, aprenderemos a escuchar sólo una Única Voz.  Sé paciente contigo mismo; ten el deseo de aprender; sé un alumno feliz.



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