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Cuando el pensamiento de separación entró en la mente del Hijo de Dios, fue totalmente sin fundamento. La separación de Dios es un imposible. Pero ese pensamiento tomó vida propia y comenzó a defenderse. El pensamiento “devino” en lo que el Curso llama ego.
Dios es un infinito abismo de amor; Él está totalmente al margen de todo lo que hemos hecho o pensado. El ego teme ese Amor porque la conciencia de la Presencia inmutable del Amor es la caída del ego, y por lo tanto necesita una defensa contra el Amor. Su defensa fue convencerse y convencer a nuestra mente consciente de que la separación no fue una ilusión sino algo real y muy serio – algo llamado pecado. Esto condujo al sentimiento de culpa por lo que habíamos hecho, una culpa que yo llamo culpa principal; la culpa luego condujo al miedo a la retribución de Dios. Por consiguiente, la culpa principal en nuestra mente es una defensa contra el Amor de Dios. Ése es el primer nivel de la defensa del ego.Sin embargo, la culpa es intolerable. Nuevamente recurrimos al ego en busca de ayuda, y él ideó una segunda línea de defensa consistente en negación y proyección. Sintiéndonos incómodos con la culpa, mas sin voluntad de admitir que nosotros éramos su causa y por lo tanto de nuestra incomodidad; el ego nos hizo olvidar que la causa de la incomodidad era la culpa. Nos quedamos con esa incomodidad y tuvimos que encontrar un motivo e inventar un motivo para retenerla. Ese “motivo” fue el mundo y el cuerpo. El ego, queriendo secretamente retener nuestra culpa, nos convenció que, si tirábamos la culpa dentro de un armario y cerrábamos la puerta, tal vez desaparecería. Esto pareció ubicar a la culpa más allá de nuestra propia habilidad para corregirla. Decidimos que la causa de toda nuestra incomodidad era externa a nosotros, en el mundo y en otra gente. En realidad nos olvidamos que hicimos una elección que produjo la culpa; nos olvidamos del todo que hicimos una elección. Pensamos que somos víctimas del mundo que vemos.
El mundo externo, sin embargo, no es la causa de nuestra incomodidad, así que no importa lo que hagamos para resolver los problemas en ese nivel – tratando de arreglar esto, ordenar las cosas aquí, una relación distinta, un mejor hogar, más dinero, más placer – ¡nada de eso funciona! Lo fútil de esta defensa fallida es precisamente la razón por la que el ego la promueve; deja nuestra culpa intacta, incrementándola en realidad.
El Curso nos está llamando de regreso a la mente. Nos está pidiendo que dejemos de mirar fuera de nosotros mismos en busca de la causa y que miremos dentro. Pero tenemos una enorme resistencia a hacer eso, una resistencia que hemos sobre-aprendido durante muchas vidas. Mirar adentro hace surgir mucho miedo. Lo que nos está pasando es que a medida que comenzamos a penetrar la línea de defensa superficial del ego – el mundo externo como causa de nuestros problemas – nos encontramos con aquello que esa defensa escondía, que es el miedo, la culpa, y el pecado que creemos que somos. Pensamos que le tenemos miedo a nuestra culpa. Pensamos que tenemos miedo de descubrir lo espantosos que somos. No queremos ver la magnitud del odio del ego porque creemos que somos el ego, y no queremos ni empezar a pensar en ello.
Esta sección, “El Miedo a la Redención,” nos está diciendo que este miedo es artificial y que cubre un miedo aún más profundo. Esta defensa interna que el ego ha construido es una táctica de distracción para evitar que veamos lo que realmente está ahí, nuestro intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por nosotros. ¡Ése es el miedo que tiene el ego! Y por eso es tan importante mirar el odio del ego sin temor; tenemos que mirarlo de frente a fin de reconocer su juego, descubrir que es una ilusión, y que sólo el amor es real.
Primero inventamos el pecado y le otorgamos realidad a la culpa. Luego, proyectamos la culpa principal en todos menos nosotros y nos procuramos una falsa inocencia, comprada a expensas de todos los demás. Esto escondió la culpa dentro de nosotros e hizo que viéramos la culpa afuera de nosotros, donde no la pudiésemos corregir. La mayoría de la gente niega sentirse muy culpable, si es que siente culpa alguna, porque la proyección es bastante efectiva. Creemos que hay mucha culpa en el mundo pero que en gran medida le pertenece a los demás, y entonces nos sentimos complacidos. Si sientes algo de culpa, es culpa acerca de cosas que has dicho y hecho, o cosas que no hayas dicho y hecho. Te sientes culpable de no ser lo suficientemente bueno, de no ser lo suficientemente amoroso, de no practicar el Curso adecuadamente y así sucesivamente. Éstas son cosas relacionadas con la conducta en el mundo y sólo son un nivel secundario de culpa. Ni siquiera hacen contacto con la culpa principal. Sólo son la punta del témpano.
El Curso te pide que recuperes toda la culpa que has proyectado y que veas que sólo tú eres la causa de ella – y eso es totalmente aterrador. En nuestra identificación con el ego, eso es exactamente lo que no queremos hacer. Es lo opuesto de lo que hemos tratado de hacer toda la vida.
¡A fin de liberarme totalmente de la culpa debo tomar conciencia de cuán culpable creo que soy! Tengo que vigilar mi mente y descubrir los mecanismos de negación y proyección ahí mismo, donde nunca antes los vi. Cuando reconozca que la culpa que veo afuera y en otros, es sólo una proyección de mi propia culpa escondida, me daré cuenta que no hay culpa alguna más que la mía. Sólo cuando me de cuenta que no hay culpa salvo la mía, podré entender que no existe ninguna culpa, porque yo la inventé. “... la culpa tiene que ser des-hecha, no verse en otra parte” (T-11.IV.5:3).